domingo 20 de enero de 2008

ENTREVISTA A Antoni Tápie:




Antoni Tápie:



Néstor Rojas


Descubrir la realidad objetiva no es tan fácil como parece

Allí están, por todas partes, aquí y allá, abajo o arriba colgando, abarcando buena parte de la casa. Son cuadros grises, grandes formatos, monocromos, silenciosos.

Trazos de la predestinación. Una escalera sobre una tumba de madera. Algunas rayas pintadas, pinceladas. Signos como números de la oscuridad. Un cuerpo sin cabeza y piernas abiertas haciendo la v de victoria. Él mira sus huesos, su pecho sepia, una cruz en el ombligo, un pie deforme, gigante más grande que el hombre que lo contempla, que se ve reflejado, narciso de espalda viéndose en su creación 3 x por peu y a la raíz cuadrada pie blanco con una X en rojo.

Esa es la cultura del mestizaje: dos puertas que se abren contra una pared, inútiles, unidas de las mismas bisagras: una con seis lados, porta oberta y tres esqueletos de pez otra a la derecha con una mancha en vértigo y una cruz arriba (Aquí ves al hombre sentado sobre un pedazo de madera. Sólo una mancha amarilla un poco de negro, pelo alborotado de su pene hacia arriba parado y una raya blanca cortándole la cabeza y una escalera truncada como la prehistoria del futuro). Aquí está el creador, silencioso, Antoni Tapie, posando delante de su obra. Una cruz ladeada gigantesca más grande que él; se levanta, camina. Avanza parsimonioso rotundo.

Es un hombre con aspecto de pope y una media sonrisa, que casi nunca abandona."Esta media sonrisa permanente ha dejado el éxito a quienes lo han buscado a tientas durante mucho tiempo", dice sin dejar de verse en el espejo. Ahora él vive su propia posteridad, pero sigue pintado, vigoroso, incansable, como si no acabara de creerse lo que muchos entendidos dicen de él: que ha creado un lenguaje único y universal: un mundo entero en una pincelada, que estará por siempre en la historia del arte.

(Un trazo inédito)

- ¿Quiere a través de mí conocer algunos detalles de mi vida? He introducido en el arte el elemento meditativo. Algo a lo que con el tiempo le he ido dando un marco teórico, porque hay que ponerse a teorizar sobre lo que uno ha querido hacer intuitivamente. Hay que explicar lo que dicta el subconsciente, porque es la única forma de darle respuesta a esa necesidad angustiosa de encontrar explicaciones a lo que se hace y yo escribiendo aclaro mis ideas. Yo quería que los jóvenes vieran y leyeran lo que es la pintura contemporánea. El hecho de que me encerraran en un calabozo por pintar con las circunstancias, que me rodeaban me estimuló a escribir mis memorias. Yo fui en contra de la pintura en vez de ir con ella.

- Desde muy joven me di cuenta que la pintura al óleo servía para un determinado estilo artístico, para reproducir calidades de piel y eso ya no era necesario. Además el óleo -los paisajes, los bodegones y los retratos- tenía para mí una clara connotación: era el arte que le gustaba a la burguesía. Y yo para desprenderme de esa mala pintura busqué otros materiales: el cartón, la tierra el polvo de mármol.

Los artistas no solamente somos un reflejo de la época, también nos gusta intervenir en ella. Un artista siempre está en confrontación con lo que le rodea en todos los ámbitos. En momento de excesivo colorismo, reaccioné usando el gris es el mero y legítimo deseo de ir contra la corriente de ser diferente a los demás. Cuando haces una cosa por primera vez aportas una visión nueva. Yo procuro no parecerme a nadie. Si veo que toco temas o materiales que han sido usados por otro artista, los abandono. A mí lo que me interesa es transmitir otra concepción del mundo.

- Uno tiene la ilusión de estar acertando, pero siempre te falta el cedazo de la historia, que dejará las cosas en su sitio. Y yo también espero el testimonio de la historia. Tengo la esperanza de lograr interpretar la realidad de cierta manera, que sea interesante para los demás. Si todos meditáramos, pensaríamos más en los otros. La meditación da paz y una sensación de que colaboras a que la naturaleza funcione correctamente, aunque sabes que no puedes doblegarla. Cuando pinto, me comparo con un médico, que busca una vacuna y después la prueba consigo mismo para ver su resultado. El artista es el primer espectador de su obra y el primero que la ve y siente. Pero, luego la vacuna es para todos. Es el propósito central de mi trabajo: que el cuadro sea como un talismán, un objeto o mecanismo para ayudar a que la gente que lo vea cambie su mentalidad normal y se traslade a este estado que llamamos de contemplación de la realidad profunda de la conciencia cósmica del absoluto, que es para los creyentes el rostro de la divinidad. Para que así conozcan su propia naturaleza.

- En la cama se han sucedido los esenciales momentos de mi existencia. En ella me hice íntimo amigo de la muerte a quien pude tratar con confianza. Yo siempre he vivido como un rey como langosta y soy uno de los artistas que vende más caros sus cuadros. Nunca he ido a ninguna parte en alpargatas. Para usted lo de saber pintar y dibujar no le ha importado mucho. La poca importancia del academicismo no la he descubierto yo. Hay otros medios para hacer lo que se realizaba con esa clase de pintura: la fotografía, el cine, la televisión. No me interesa el aspecto documental; no tenemos necesidad de quemarnos las pestañas copiando como hacían los litógrafos que iban a la batalla de Tetuán. Sin embargo, saber dibujar o pintar es la obsesión de la mayoría de los pintores. Dalí, el exhibicionista, quería demostrar constantemente que sabía pintar una mano vista de cualquier modo, de lado escorzo. Pero saber pintar no es saber copiar lo que ven los ojo. Esa es una actitud escolar.

Y yo he trabajado muy duro para encontrar un camino propio, que hallé finalmente de manera instintiva. En mis comienzos, que me salieron por intuición ya se adivinaba mi personalidad. Pero no me quedé allí, sino que me fui y luego volví.

- Cuando llegué a ser pintura más culta y más cercana al surrealismo era porque me sentía perdido, pero después volví a lo que me permitía ir más suelto, apartándome de influencias literarias de algunos poetas franceses, de aquí o de allá. Yo me encontré a mí mismo como pintor cuando me aislé completamente ¡Pero cuánto no practiqué para encontrarme! Verme conmigo fue un hecho a propósito que no permite hablar de casualidad. Y mientras tanto, mientras uno vacila vive al borde de un abismo tanteando. Mas siempre me queda la duda. A veces me pongo ante un cuadro con la esperanza renovada de que lo lograré. Este carácter que tengo me hace ser pesimista con mis cosas, pero en general soy bastante optimista.

- Creo que la vida siempre encuentra su salida como los ríos. No me angustia el lienzo en blanco. Aunque no sepa qué hacer empiezo a trabajar. Hay que ponerse, porque si esperas a que te llegue la inspiración nunca llegarías a hacer nada. Pero yo tengo una maldición mía: lograr la pincelada que dicen los chinos. Esa con la que deberías representar todo el universo.

(Pincelada zen)



- Hay un tratado de pintura china sobre la pincelada zen. Un amigo mío encontró una y la tenía en su casa en un sótano con alarma antirrobo. Es una pintura con una única pincelada horizontal; algo muy raro porque en vertical sí hay más. Yo mismo tengo una que representa un sable que divide un poema. Y esta es la ilusión que tengo cada día: la de hacer un cuadro que sólo necesite una pincelada.

(El momento concreto del elogio)

- Cuando tú te ves desde lejos, como puedo verme ahora, sabes que hay un momento concreto en que comienzas a ser elogiado. Pero, cuando estás metido dentro sólo ves una lucha continua por sobresalir, por encontrar la piedra filosofal que en un instante encontré. Un amigo me lo decía: ya estás hecho: no hace falta que hagas nada más has demostrado tu papel en el arte del siglo XX y puedes dejar de pintar. Eso pasó cuando hice los muros, las puertas, cuando empecé a trabajar con las nuevas materias. Pero yo no estaba satisfecho y seguí adelante aún sin darme cuenta que había encontrado un verdadero papel en el arte de la segunda mitad del siglo. Claro, que luego me lo han hecho ver y me he visto bien descrito. Hace cinco años tuve un amago de angina de pecho y en cuanto pude me puse a pintar. ¿Sabes qué color elegí? El rosa. Creo que esa visión de la realidad, que consiste en que ves lo mismo que antes pero con una luz diferente, se ha quedado conmigo para siempre.

- ¿Ahí puede estar la clave de su pintura?

Es probable que así sea. Pero tengo miedo de hacer el ridículo contando todo esto.
- ¿Cree que fue una experiencia mística?

- Sí, es algo que está en muchas religiones, pero también es un fenómeno natural. Creo que a San Juan de la Cruz le pasó algo así. Conozco sus poemas.

- ¿Cree que así se murió?

-Cuando le encerraron en una celda, casi sin comida, enfermo y en una situación límite fue cuando empezó a escribir sus poemas. Nosotros, los que hemos vivido la muerte varias veces, somos gente que no tememos a la muerte, sino que la llevamos por detrás.

- ¿Eso tiene que ver con las cruces que aparecen en su pintura?

- Sí, pero la cruz es también un símbolo universal de las coordenadas del espacio.

- Cuando pintó una cruz por primera vez, ¿sabía por qué lo hacía?

- Fue una intuición. Seguramente empecé a hacerlo por visiones de la post guerra, cuando mi país era un cementerio. Tengo ya cruces en el 47 y 48. Y de ahí, la cruz fue evolucionando, fui estudiándola. A veces la ponía para marcar un territorio dentro el cuadro y más tarde me di cuenta de lo que era.

- ¿Cómo si su mano hubiera sido conducida por un conocimiento anterior, ancestral?

- Sí, así sucede. También me pasó pintando un cuadro al que manipulé mucho, lleno de fallos y accidentes. Abusé tanto de todo esto que al final el cuadro se fue volviendo gris otra vez aunque fuera diferente. De pronto vi que había una pared ¡Tanto trabajo para acabar pintando una pared! Más tarde lo asocié con mi nombre y al cabo de los años hice otro descubrimiento: resulta que el introductor del budismo en China se pasó ocho años mirando una pared para descubrir la verdad. Entonces comprendí porque aquella pared me producía aquel choque. Supe que si durante un cierto tiempo te pones de espalda al mundo puedes encontrar la verdad. Es una de las satisfacciones que he tenido y he tenido varias en el transcurso de mi vida. Creo que llegué a la sabiduría china buscando la ciencia. Lo que quería era conocer el mundo tal como lo explican los científicos. Descubrir la realidad objetiva no es tan fácil como parece. Los descubrimientos a veces dependen del azar. Yo empecé a trabajar el tema de la materia en el momento que se estudiaba a fondo todo eso del átomo y las partículas subatómicas. La ciencia ha encontrado un nexo entre sabiduría y mística. Ellos dicen que el mundo es un órgano vivo y entonces la materia ya no es una masa inerte sino un campo de energía. Los taoistas hablaban de que en el fondo hay una especie de vacío bipolar que da vida a todo.

Así que en el fondo su pintura es religiosa.

- Yo tengo un espíritu religioso. Me gusta la mezcla de budismo y taoísmo, porque es una religión del hombre solo sin necesidad de explicaciones sobrenaturales. Todos somos una manifestación de esas energías primeras que describían los taoístas y si podemos transmitirlas a la gente normal y corriente entonces somos como los profetas.

- ¿Es lo que usted se siente?

- Yo tengo esta sensación de poseer un mensaje. Creo que lo tengo. Todos somos profetas o budas.

- En uno de sus primeros catálogos he visto un autorretrato en el que se pinta como Jesucristo.

- Sí, es verdad, yo tenía en la cabeza que era un elegido.

- Y cuando yo veo un cuadro de usted ¿qué debo ver?

- En el mejor de los casos yo sólo ayudo a que se vea a sí mismo. Al final, si hay una puerta esa puerta la tiene que abrir usted.

EL ESTADO BOLÍVAR EN LA ORILLA DEL ABANDONO


Crónica de un viaje a los pueblos olvidados del sur

Néstor Rojas

Confieso que nunca había traspasado las tierras más del Orocopiche, camino hacia Ciudad Piar, San Francisco y La Paragua. No sé por qué siempre pensé que el futuro del estado Bolívar quedaba –en buena parte- en los territorios explotados del Cerro Bolívar, entre morichales, piedras y chaparrales. Pero me equivoqué. La realidad que vi, que palpé con mis propios ojos y oí en cada de eso pueblitos mineros, llenos de miserias y tragedias, aunque son ricos en hierro, me demostró que se puede tener todo y ser inmensamente pobre. Y los habitantes de San Francisco (donde ni siquiera hay gasolina, comunicación y El Progreso cuesta 1.700 bolívares) y La Paragua son pobres y necesitados de todo. Hasta esas olvidadas parroquias no ha llegado la acción del gobierno del alcalde Gilberto Villarroel, a quien según los pobladores encuestados no lo quieren allí y tampoco la acción del gobernador, a quien encontramos el jueves 01 de diciembre en la mañana en Ciudad Piar, entregando títulos supletorios de tierra a unos pocos campesinos. A ese acto no fue el alcalde, dizque porque esa no es atribución del gobernador, de acuerdo a lo que nos dijo un alto funcionario de la alcaldía.
El miércoles a las 7:30 de la noche emprendimos un viaje hacia esas tierras del sur desconocidas para mí. Poco a poco, mientras avanzábamos muy quietos y meditabundos por la vieja y muy deteriorada carretera, nos adentrábamos en una oscuridad espesa, tan negra que por un momento pensé que íbamos en búsqueda de un lugar ignoto y extraño. Aunque de cuando en cuando entretenía al poeta Jorge Casanova, experto chofer y atento oidor para que no se durmiera, no dejaba de inquietarme esa noche profunda que parecía prometernos una mala velada o mal rato. (Después me di cuenta que no había leído las señales que el Destino –ese demiurgo mayor- nos iba dejando en el camino, para que no nos fuéramos a equivocar).
A las 9:30 dejamos a un lado la carretera hacia Ciudad Piar, adonde después fuimos para cerciorarme de que era –como nos había dicho un lugareño muy crítico de San Francisco- precisamente un campamento de Ferrominera, sin encanto alguno y sin un restaurante decente. Al virar el carro nos encontramos casi de frente con una desamparada mujer que con su hijo pequeño en brazos esperaba una cola que de milagros llegó. (Esa noche fuimos sus ángeles salvadores). La montamos extrañados de ver a alguien a esa hora y en esa oscuridad en ese sitio peligroso. Al montarse nos dijo que estaba allí porque de regreso a su casa – en Ciudad Piar- encontró a su esposo con otra en su propia cama y no le quedó más remedió que devolverse a La Paragua con su hijo y que estaba destrozada. Intentamos animarla con algunos chistes de mal gusto, pero ella seguía ensimismada, dándole vuelta a la cabeza, martirizándose con su propia tragedia.
La dejamos en la alcabala cerca del Restaurante La Quina (donde de noche y en la mañana sólo venden cervezas Regional Light) y seguimos para San Francisco, que está llena de taguaras de mala muerte. (“La trampa y la “Embajada”, adonde nos mandaron en busca de habitación, nos parecieron patéticas). La carretera hacia ese pueblo está en mal estado, llena de huecos y con muchas curvas peligrosas. Casi llegando nos encontramos con que hasta el silo llegaba el asfalto y comenzaba nuestra odisea. A esa hora, 9:30 de la noche, no encontramos un sitio de buen aspecto para comer y descansar. Al poeta se le ocurrió la idea de pararse en el único hospedaje que existe en San Francisco, que más que eso es un tugurio oscuro que sirve de todo: de bebedero, tiradero y comedero. Jorge pidió un pollo, pero le sirvieron una chola que parecía pollo. Yo opté sabiamente por no comer.
El drama apenas estaba por comenzar. Resulta que nos encontramos donde dormir y tuvimos que ir a La Paragua a una hora y pico de camino, oscuridad adentro. Para colmo de males, después de ir y venir por las calles desiertas de La Paragua, donde la prostitución (que después de las 7 de la noche se suelta el moño y se embriaga) y el consumo de cervezas forman parte de la actividad económica más activa (y degradante) de ese poblado, tampoco encontramos habitación de hotel. Cuando a la una de la madrugada ya no teníamos esperanza de encontrar una buena y confortable cama, a la salida fuimos a parar por carambola y sin saberlo a una inhóspita casa que servía de dormitorio a unas pocas meretrices que comenzaron a llegar desgreñadas y ebrias después de las 4 de la mañana.
A mí me había tocado velar la noche en un sucio chinchorro en una sala que servía de recepción –e información- a las parejas borrachas que llegaban solicitando habitación, mientras el encargado dormía plácidamente –y empiernado- en el cuarto principal. Esa madrugada, que siempre recordaré, no pude pegar un ojo. A cada instante llegaban preguntando por cuarto y tenía que decir, medio dormido: “No hay habitación”. A las cinco y media de la mañana me di cuenta que estaba frente al río Paragua, al que no pude ver bien por la mala noche que había pasado.
Como colofón a este primer capítulo, diré que no había agua para bañarse y asearse en ese “hotel” (así rezaba en el cartelito). Ajados y con el sueño pegado en los ojos nos regresamos a San Francisco, donde daríamos a partir de las ocho de la mañana, en la casa de la cultura –ya en ese día convertido en Mercal-, un taller de poesía. Esa mañana llovió como nunca. El encargado de la organización del evento jamás se presentó.

CRÓNICAS DE VIAJES

CRÓNICAS DE LA BITÁCORA DE LOS VIAJES

Néstor Roja

De Profundis

Cabe mucho dolor en cualquier hombre
Mucho más del que piensa mucha gente
Manuel Alejandro

Encontré en la Feria del Libro de Caracas una edición empastada de “De Profundis”, uno de los más conmovedores y patéticos textos de amor que uno pueda leer jamás. Aunque la traducción es mediocre, eso tiende a olvidarse si se recuerdan las condiciones en que fue escrito: el autor, preso y encadenado en esas terribles prisiones de finales del siglo XIX, encuentra, en medio de trabajos forzados, desamparado de cuantos lo habían adulado en sus tiempos de gloria, execrado por la propia familia, que trataba de borrar sus rastros en la historia, sucio y lleno de piojos, enfermo, encuentra, repito, el tiempo para escribir el texto de sus ilusiones, de sus esperanzas, de sus alegrías breves o profundas, de sus humillaciones y sufrimientos, de los maltratos y expoliaciones, de sus círculos viciosos de esperanzas, de sus angustias, de los otros maltratos y humillaciones, de los arrepentimientos y las enormes tristezas a los que lo somete su amante durante un término que no puede ser contado en años. También relata los terribles castigos impuestos a los presos de entonces.
El resplandor del idioma que él enriqueció con el uso magistral de la paradoja y la ironía, luce a través de la opacidad de la traducción, y el lector va sintiéndose dolido más que otra cosa, por ver con tan meridiana claridad, con tan evidente crudeza, la caída de aquel hombre brillante en todos los sentidos, a los abismos llenos de riscos y de explosiones de candela de un infierno que parece imposible de soportar.

II.
Oscar Wilde es irlandés de Dublín y se educó en Trinity College. Más tarde, se trasladó a Londres, donde ingresó a la muy prestigiosa Universidad de Oxford. Era en aquellos días de su juventud un hombre hermoso, que llevaba el cabello largo, camisas hechas en algodón bordado y pantalones de montar de terciopelo, pues le gustaba llamar la atención con sus vestidos. Su habitación, lugar donde se reunían los jóvenes de avanzada intelectual de la época, estaba repleta de obras de arte, porcelanas, cristales y plumas de pavo real. En 1885 se casó con Constance Lloyd, una dama irlandesa muy rica, y pasó una larga temporada en Estados Unidos. Wilde, al principio, fue cuentista (su texto “El príncipe feliz”, escrito para sus hijos en 1888, es una verdadera porcelana literaria) A partir de 1891 se dedicó más bien a la dramaturgia, donde alcanzó éxitos enormes. Era en aquellos días bello, elegante, rico, excéntrico, famoso, feliz e imponía todas las modas de su tiempo. Muchos veían en su extravagancia excesos, otros, lo consideraban un libertino y, finalmente, aun otros lo consideraban un modelo de libertad: de la libertad del artista que, por lo demás, fue una de sus tesis ideológicas: la libertad del arte por el arte.

III.
En este tiempo de su vida, entró en ella Lord Alfred Douglas, joven aristócrata, hijo de una influyente y rica familia. Douglas y Wilde comenzaron a tener una relación amorosa. ¿Qué impulsa a un hombre a enamorarse de otro de manera tan rotunda que por él abandona todo, que le hace caso en todo, aun en eso que lo perjudica, que le admite humillaciones y maltratos, que le acarrea celos y necesidad patológica, que se establece entre ellos una relación de dominaciones alternas y sentimientos que van desde la ternura al odio? Posiblemente, lo mismo que induce a una pareja heterosexual en las mismas circunstancias. Neurosis. Patología. Dependencias contaminadas de un flujo percibido por raíces que se hunden en la infancia y hasta más allá. Una canción de Manuel Alejandro, cantada por Rafael, dice:

Que tengo el corazón en carne viva
Que ya no sé vivir, ni estar sin vida
Que estoy desconcertado
No sé ni dar ni un paso
Sin ella
Sin ella
Que nada me interesa
Que todo en mí es tristeza
Sin ella
Sin ella

El amor tiene demasiados matices para que los teóricos lo expliquen de manera exacta. La lógica aristotélica no sirve. Los conceptos usuales, no sirven. Y si es riesgoso y terrible en una pareja heterosexual, si es como un hueco en el infierno, debe ser peor aún en una pareja homosexual, especialmente en una sociedad que no comprenderá jamás los hechos antinaturales como fenómenos propios de situaciones que vienen forjándose desde la infancia.
Wilde tuvo la valentía de confesar su amor, de afrontar las consecuencias. Muchos hombres no lo hacen y el disimulo les causa un mayor malestar, una intensidad que a veces se manifiesta en fobias o en manías. Lo cierto es que tal sufrimiento merece compasión y comprensión, aun cuando en ciertas oportunidades esos amores afectan gravemente la sociedad donde vivimos. Y “De Profundis” es una obra que debe leerse con veneración y respeto por el artista, por su dolor, por sus pérdidas, por su literatura. Y por todos los hombres del mundo que sufren lo mismo.

Diciembre 1999

Dos ciudades: Dos Ríos

La exposición fotográfica “Dos Ciudades: Dos ríos”, del artista Carlos Betancourt, nacido en Tulúa, Valle del Cauca (Colombia, 1955), más que una propuesta para mirar dos ciudades fundadas a orillas de dos imponentes ríos, es la aventura de una pasión que se esfuerza por asentar para la posteridad los vestigios del tiempo: la fotografía. Esta muestra, presentada en varios municipios del estado Bolívar en Manaus, forma parte del trabajo creador e investigativo de quien se ha internado por la selva amazónica y el Alto Orinoco y recoge las manifestaciones, arquitecturas, espacios, paisajes y costumbres de dos pueblos unidos por el empuje del río, y es además un aporte para los logros de una integración cultural binacional que estrecha sus intereses culturales.
Ciudad Bolívar, y Manaus son dos ciudades creadas por el hombre para permanecer. Allí está la Vieja Angostura, como una piedra desprendida de sus aguas primigenias, ocultando las flechas y vasijas de los indios, altiva en la líquida luz que traspasa los tejados de las gloriosas y altaneras casas que todavía resisten el paso inexorable de los tiempos, y más allá Manaus la desconocida, como una mano abierta a los ojos de los que buscan el paraíso perdido.

Primera ciudad: Manaus

He visto a Manaus a través de los ojos de un fotógrafo, que me la descubrió sin velos, cotidiana, palpitante y sin disfraz; retratada para verla por dentro, con sus viejas y aún esplendorosas edificaciones, con sus gentes, sus oficios y costumbres. Confieso que la soñé diferente: más cercana a la ilusión que a la realidad. Hoy la tengo ante mí dejándose ver, como una casa inefable en pleno sortilegio, aunque un poco abandonada, descubierta a orillas del río Negro, entre la selva y los húmedos imanes que guardan los misterios del Amazonas enigmático.

Segunda ciudad: Ciudad Bolívar

Ciudad Bolívar, la Angostura de ayer, la antigua Santo Tomé de la Guayana de la Angostura del Orinoco, está situada a orillas del río Orinoco, en el escudo guayanés. Fue fundada por Antonio de Berrío el 21 de diciembre de 1595, día de Santo Tomás Apóstol. Luego, para protegerla de las invasiones holandesas e inglesas, fue mudada en tres ocasiones y asentada definitivamente en 1764.
Según los historiadores y cronistas, más que una fundación fue un traslado a un lugar más seguro de la Ciudad de Santo Tomé de Guayana repetidas veces asaltada y castigada por aventureros y piratas que remontaban el Orinoco en busca de El Dorado. Eligieron para su fundación un cerro rocoso donde el río se adelgaza y se hace más angosto, de allí el nombre de Angostura.
Durante el siglo XIX Angostura se convirtió en un reducto patriota después que Piar arrancó el control de Guayana a España en 1817. Fue la base de operaciones de Simón Bolívar y la capital de la Tercera República desde 1817 hasta 1821. Fue en Angostura donde se reunió la Legión Extranjera formada por ingleses, irlandeses y alemanes, en su mayoría soldados veteranos de las Guerras Napoleónicas, que habían venido a pelear en la Guerra de Independencia de América del Sur.
En Angostura Bolívar convocó el Segundo Congreso de la República de Venezuela el 15 de febrero de 1819. Su discurso inaugural y la constitución propuesta por Bolívar, comprenden el último de los tres documentos más importantes de su carrera. También editó el "Correo del Orinoco" 1818 - 1820. Bolívar regresó a Angostura en diciembre del año 1819 -después de haber estado en la Campaña de Apure y haber asegurado la independencia de Colombia en la Batalla de Boyacá el 7 de agosto de ese año-, logró del Congreso la adopción de la Ley Fundamental de la República de la Gran Colombia, mediante el cual se creaba una solo República que comprendía Venezuela, Nueva Granada (Colombia) y Quito a pesar que ésta última aún se encontraba en poder de España. El 31 de mayo de 1.846 por decreto de la República en honor al Libertador Simón Bolívar se cambió el nombre de Angostura por el de Ciudad Bolívar, en honor al Padre de la Patria.
Angostura fue la sede de varias batallas y una de las primeras zonas del país en ser liberadas de los Españoles durante la independencia. Rica en historia, es una de las pocas ciudades que aún conserva su arquitectura colonial y se caracteriza por tener de escenario principal el hermoso río Orinoco, el “Soberbio Orinoco”.
El nombre de Angostura ha persistido por su identificación con la obra bolivariana y también por el mundialmente famoso "Amargo de Angostura" o "Angostura Aromatic Bitters" que inventara en 1824 el médico alemán J.T.B. Siegert.
Ciudad Bolívar es una de las ciudades del país que encierra más historia en sus calles plazas y museos. Lugares como la Plaza Bolívar, la Catedral de Ciudad Bolívar, la Casa Parroquial, la Casa Museo San Isidro, la Casa del Congreso de Angostura, la Casa del Correo del Orinoco, la Cárcel Vieja y el Fortín Zamuro han sido testigos de la evolución de esta población y su gente. Referencias de su patrimonio cultural lo constituyen el Museo Moderno de Arte Jesús Soto, el Museo de Ciudad Bolívar y el Ecomuseo.
Ciudad Bolívar se encuentra a una distancia de 591 km de Caracas, a 296 km de Barcelona, a 1.126 km de Maracaibo, a 804 km de Barquisimeto y a 1.065 km de Mérida; tiene accesos por carretera desde El Tigre (estado Monagas) y Ciudad Guayana y por vía aérea hacia el Aeropuerto Ciudad Bolívar

Los círculos del sol y la serpiente

“Sólo nuestra palabra / nos vuelve la realidad”. Roberto Juarroz.

“Tal vez sea hoy / La fulguración de los sentidos: / Ver al Borracho –Tiempo tiempo ido- / Mancillando los nombres de la ciudad / Dibujando con tiza / El rostro de calles y casas / Pintarrajeando en las paredes / Constelaciones apagadas / Echando negro humo y escoria /Sobre las maravillas del azar / Triturando con piedra de macerar diamelas / Huesos de pájaro / de tigre / y de pez / El Tiempo caminando sobre los malecones...” Luís García Morales De un sol a otro, (1997)

Luis García Morales es uno de esos poetas demiurgos que nos reconcilian con la Palabra, que nos devuelven la fe en lo sagrado. Su poesía, siempre intensa y reveladora, tan resplandeciente, nos reúne en el ámbito de lo trascendente: en el espacio-útero (el río) donde alcanzamos la iluminación interior y nos encontramos, otra vez, con aquello que se ha desvanecido, con lo que creíamos muerto: el Paraíso. El Poeta, dotado por la Divinidad con el don de la magia, hace de nuestro lenguaje cotidiano un milagroso desplazamiento verbal que ilumina las aguas de la memoria. Logra, a través de la metáfora, que exista nuevamente para nosotros el pasado, que sea otra vez experiencia, presencia del “ahora” y resurrección de las voces y horas que se fueron.
Su voz, deslumbrante como luz de otro sol imaginado, funda en la escritura un territorio maravilloso, un paisaje del río Orinoco, dominado por los dioses perennes de la naturaleza. Círculos tras círculos, como remolinos del fluir de la vida, vamos percibiendo el movimiento rítmico de la eternidad que Plotino trató en la Enéada. Imagen tras imagen, como ondas que se van sucediendo, las palabras van reiterando, ad infinitum, la presencia del instante creador que signa todas nuestras acciones y las traslada inevitablemente hacia el olvido.
El tiempo percibido en la poesía de Luis García Morales es el dios que devora todo lo que existe para nosotros. Es la experiencia del despojo. Es lo efímero rehaciendo el sentido de la realidad. Es el “mismo instante del sacrificio y el aleluya”.
Por eso, leer los poemas de su libro “De un sol a otro” es reencontrarse con ese río Orinoco siempre que el poeta lleva por dentro como una imagen que lo constituye; es volver a mirar con otros ojos esa ciudad (la vieja Angostura) que lo sigue, sin tregua, por todos los caminos. Un río, una ciudad que permanecen en la memoria como presencias sagradas. Un río, una ciudad que evocan, tal vez, a otra ciudad y a otro río que acontecen “sobre las maravillas del azar”, y donde en otro tiempo perdido para siempre “...un niño absorto/ Mira pasar un río que lo mira/ Un río que le habla / El animal cubierto de espejos sonoros”.

Navegaciones y regresos

PRIMERA NAVEGACIÓN

Cuando se ve el río, ese cuerpo que parece lámina metálica dotada de la vida del animal, es posible creer que él es cosa uniforme y homogénea. Hecha solamente del poder corporizado de las agua que provienen del cielo, de la tierra y de todas partes, como se dice que es la sustancia de toda Divinidad. Pero no es así: el agua está hecha en verdad de trillones y trillones de minúsculas partículas. Más allá de la fórmula que consagra la ciencia, hay múltiples partículas navegando en la composición dialéctica que hizo la alquimia del Creador. Navegan allí organismos vivientes, extraños al ojo de los humanos mas sin embargo aposentados de su brevedad y su esencia. Navegan los restos de todas las muertes. Los desechos y los deshechos que vomita cada día la existencia. Y navega también el polvo, esa condenación a que nos convoca la religión bajo el recuerdo de la muerte. Hay un polvo )sepia, ocre, rojo quizá? que navega en el río.
Ana María Boileau

Desde lejos se escucha la sirena. Voz profunda de la gabarra que va y viene desde Los Pijiguaos. A veces, sobre el planchón se ven los rojos promontorios de la bauxita. Otras, en el vientre metálico viaja la gasolina que, por el Apure, o por brazo del Casiquiare, llegará a Colombia. Cada vez que pasa la gabarra, todo se detiene en la ciudad. La miramos pasar con nostalgia. No solamente de puertos distintos, sino también de tiempos distintos. La gabarra va dejando una estela. Su bandera ondea como en un dibujo infantil. ¿Quién es el gobernante de esa ruta? ¿Cómo es el nombre del que navega?


En Barrancas llegué a ver un navegante del río. Uno de esos seres legendarios, descendiendo de un remolcador, perdiendo de alguna manera su condición mágica al volverse terrestre. Imposibilitado de caminar con garbo, como el albatros de Baudelaire.. Aquí mismo, en plena Angostura, me tocó viajar con otro, a quien llaman El Caimán del Orinoco, capitán de una de esas barcazas multicolores que algunos llaman falcas. El hombre condujo hacia el este. Su escueta tripulación era un muchacho despierto: su hijo. La proa se adentró hacia el espacio donde el río choca violentamente contra los pilares del puente, y aún más allá, para que él pudiera mostrarnos a nosotros, los visitantes, el hogar de sus toninas preferidas (Patricia se llamaba una de ellas). Era como un anfitrión feliz que muestra su casa. Recuerdo de ese viaje un peñasco negro y abrillantado por el sol, con signos grabados en lo alto. Recuerdo los helechos colgando de sus aberturas y deslizando sus preciosas hojas de encaje verde hacia el resplandor solar del agua. Recuerdo la familiar visión del animal broncíneo. Palpitando bajo nosotros. Rodeándonos. Acechándonos. Fascinándonos. Mareándonos. El Río, el Río.

El Río es un universo. En él habitan millares de criaturas de variados tamaños y con diversísimas existencias. Todas se mantienen en cruel equilibrio. Nadie duda de que parte de ese equilibrio lo establece la Serpiente que se oculta bajo la Piedra del Medio, en el área de la angostura. Algunos dicen haberla visto. En sueños o en verdad, irguiéndose al amanecer desde el cuerpo del agua, sobre todo en la estación seca. En los patios se asegura que si la Serpiente lo quisiera, derribaría con las sacudidas de su cuerpo toda Ciudad Bolívar, comenzando por la Catedral. Dicen que la Serpiente es una especie de encanto o inteligencia acuática cuyos deseos son órdenes para aquellos que los pueden percibir. La gente acepta con naturalidad estos cánones. Cada tiempo de creciente, cada Agosto, se ve como normal que mueran algunos, reclamados por la atracción: por el vaho cegador de la Serpiente (¿y si la Serpiente fuera el Río?).


Menos normal fue el hecho trágico transcurrido en los días del inicio del año: dos niños, seducidos por la frescura del agua, fueron alejándose de la orilla y halados por uno de los remolinos. Hay en el Río regiones oscuras y fangosas llamadas pailas. Los remolinos crecen sobre ellas, se enroscan, se sueltan, languidecen. Como en un juego, como una máquina de juegos en Las Vegas, una de esas luminosas, parpadeantes y riesgosas máquinas, los remolinos juegan en la piel del río, abriendo las pailas para los encantados. Cuando los adultos que estaban con los niños en un plácido reposo festejante se dieron cuenta del peligro, fueron a auxiliarlos. Uno a uno fueron tragados. No hubo nada que hacer. Cinco miembros de una familia fueron atraídos, sacrificados y jamás devueltos por el agua de oro. La gente comentó el suceso en los autobuses, en las plazas del mercado y en las esquinas. Hubo un escalofrío de piedad. Pero, sobre todo, hubo un unánime sentimiento de resignación, y también una unánime condena para aquellos que retaron el agua fluvial sin tomar en cuenta las consecuencias de sus actos. Porque convivir con un Río como el Orinoco implica una responsabilidad, una cruel y total dependencia vida-muerte.

SEGUNDA NAVEGACIÓN

Tal vez busques entre las aguas que fluyen hacia las piedras del destino
tu última hora, tu última imagen en el espejo de Heráclito.
Pero sólo te verás como un reflejo disolviéndose
en el cabrilleo del río. Sobre las olas que
cabriolan el alma, brilla la luz trémula.

Federico Alfredo Castellano: La piedra del Río


Son las seis de la tarde. Una muy ligera neblina gris se eleva desde el Río. Las nubes, tocadas por el resplandor del ocaso, tienen un breve ribete ígneo. El Río, el Río. Cae sobre su cuerpo de agua la densa luz solar agonizante. Ya la noche penetra, viene penetrando desde el Este y se asoman las estrellas. Un anciano se sienta recostado contra la baranda. No hay nadie más. Surge una profunda intimidad entre los seres y las cosas, todos hundidos en la misma atmósfera fluvial. Como los millares de seres que pueblan el animal de oro que corre allá abajo, rumoreando contra el malecón, también nosotros estamos allí, soñamos, vivimos allí. Allí estamos muriendo.
Hay un rumor de fantasmas a mi derecha, en los corredores del antiguo Puerto de los Blohm: habrá llegado una balandra, o una goleta, y se estarán arremolinando los que gozan de verla atracar y descargar. El olor es vivo y en oleadas. A esta hora de la tarde, cuando las penumbras comienzan a asentarse, sólo bajarán la tripulación y los pasajeros. Mañana bajarán las mercancías y, si queda tiempo, cargarán de una vez las bodegas con la carga preciosa que se han de llevar. Los marineros descienden y se refugian del calor húmedo en La Tigra o el Canaima, donde mujeres de olores fuertes hacen los honores. La gente comenta, indaga por cartas o noticias de allende el mar. Hay mensajeros de las damas que escudriñan el puerto con largavistas desde las celosías de romanilla, en las casas de allá arriba, las sagradas casas de Angostura La Vieja. Los mensajeros buscan esquelas, o quizá paquetes de libros y revistas, ansiosamente esperados. Dentro de un rato, la animación del puerto se apagará lentamente y sólo quedarán los paseantes que discurren de sus cosas a lo largo de la Alameda. Fantasmas. La noche ha cerrado su perfume sobre la ciudad y nada resiste ya de la hoguera crepuscular. El anciano aún piensa, solitario. El Río, el Río. Estamos solos.


Encuentro un manuscrito de Ángel L. Pinto R. Dice Especial para El Expreso, y está fechado el 26 de Julio de 1979, pero estaba en los archivos del poeta José Eugenio Sánchez Negrón. El manuscrito ha llegado a este escritorio por los buenos oficios de Lourdes Maestracci, quien lo encontró en un escritorio de la Dirección de Cultura. El Poeta ha muerto hace años y, como si las manos de Maestracci se transformaran en una botella navegante del océano, el texto del ciudadano Pinto, de rostro y profesión desconocidos, sirve para ilustrar el tiempo aquél cuando Angostura era un puerto famoso.

Según los antecedentes históricos del trabajo citado, las primeras concesiones de navegación fueron otorgadas por el Congreso de Colombia en 1823 (pero antes, ya se sabe, el Orinoco era la principal vía de comunicación: la que usaban los misioneros, los criadores de ganado, los buscadores del Paraíso, los aventureros, los ambiciosos, los alucinados y los fugitivos: don Manuel de Centurión ya imaginó el curso atravesado de ricos buques de esplendoroso velamen y hombres como Berrío, Humboldt y Walter Raleigh entendieron y apreciaron el valor de esa corriente: hasta la muerte estuvieron dispuestos a seguirla: hasta la entrega de la estirpe). Esas concesiones representan un esfuerzo del gobierno republicano por dar cierta continuidad y solidez a una serie de aconteceres económicos que, a pesar de la Guerra de Independencia, habían sido poco afectados y representaban una fuente estratégica de riquezas. Las concesiones fueron otorgadas a los empresarios Hamilton, Elbers y Suckley. Con una flota pequeña de bergantines goletas, se cumple un tráfico activo por todo el Orinoco navegable y hasta Trinidad. Nombres como Caicara, San Fernando de Atabapo, Cabruta, Soledad, Yaya, Guayana, Las Misiones, Los Barrancos, San Rafael del Delta y Tucupita, eran frecuentemente mencionados y sabidos. A partir de 1843, las entradas y salidas de los buques se hacen más numerosa: el Río es el camino del oro: el camino del Dorado: sus fuentes son metáfora del Paraíso. Es entonces cuando comienzan a atracar en las orillas de Angostura los famosos vapores de chapaleta que tanto se admiran en las fotos de Rojas. Baste para imaginarse aquellos días el reporte de una semana de movimiento en el puerto de la Aduana de Angostura: en la última semana de Diciembre de 1843, se produjeron las siguientes entradas y salidas.

Entradas: Bergantín goleta EMILIA (nacional), procedente de Trinidad, cargado de lastre y con un solo pasajero.
Bergantín goleta CARLOS (nacional), procedente de New York, cargado de lastre y sin pasajeros.
Goleta ZOYLA (nacional), procedente de Martinica, cargada con 103 toneladas de lastre.
Bergantín goleta ATREVIDO (nacional) procedente de Barbados, cargado con 121 toneladas de lastre.
Balandra ROSARITO (nacional), procedente de Trinidad, cargado de lastre.
Goleta JOVEN ATANASIA (nacional) procedente de St. Thomas, cargada con 98 toneladas de mercancías.
Bergantín ANNE EMILIE (bremés) procedente de Liverpool cargado con 230 toneladas de diversas mercancías.
Salidas: Balandra LIBERTAD I (nacional) con destino a Trinidad, cargado con 23 mulas, sin pasajeros.
Balandra ROSARITO (nacional), con destino a Trinidad, cargada de lastre y una familia de pasajeros.
Bergantín ESTERY SOPHIE (alemán), con destino a Hamburgo, cargado de frutos cosechados en la Provincia.
Bergantín goleta ORIÓN (nacional) con destino a St. Thomas, cargado con 57 reses en el puerto de Soledad.

Una goleta es una embarcación fina, de bordas poco elevadas, con dos palos, y a veces tres, y un cangrejo en cada uno. Bodegas amplias. Intenso velamen. Un bergantín es buque de dos palos y vela cuadra o redonda. El bergantín goleta es aquél que usa aparejo de goleta en el palo mayor. Todas naves elegantes, gráciles, ligeras, pero útiles para llevar cargas. Uno se imagina la profusión de velas en el río. Barcos de banderas lejanas, órdenes en lenguas tan variadas como las banderas. Mercancías llenas de olores distantísimos. Las curiaras y las falcas debían maniobrar hábilmente en el tráfico fluvial. Los vapores de chapaleta, que fungían también de paquebotes, se internaban con vigorosas estelas rumbo hacia el oeste y el sudoeste.

Toda la ciudad de Angostura miraba íntegra hacia su puerto: aún hoy eso se nota en la agonizante arquitectura de los corredores del Paseo Orinoco: cómo se abrían los corredores, amplios para el tránsito de la gente y para la acomodación de los bultos, cómo los balcones, sombreados con preciosas romanillas de madera, se extendían hacia el río, cómo los sótanos de la Casa Blohm, la Casa Liccioni o la Casa de las Doce Ventanas, eran también embarcaderos eventuales en tiempo de creciente. La noticia tomada del texto de Pinto es de Diciembre, tiempo de agua baja y de sequía. ¿Cómo sería la circulación en Agosto, cuando la Piedra del Medio pareciera a punto de desaparecer bajo el caudal?

TERCERA NAVEGACIÓN


El puerto ahora está en silencio. En la otrora Aduana funciona un puesto de la Naval. Rescataron las instalaciones, que casi habían sucumbido al descuido y el olvido, y pusieron allí vida joven, un poco aislada del resto del mundo citadino: muchachos con el pelo muy corto, vestidos con el uniforme de los marineros de la República. Muchachos que izan y arrían la bandera con impecable puntualidad. Y sus oficiales de porte erguido y caminar seguro. La gente mira con desconfianza a esos capitanes de blancos uniformes y su tropa. La gente desconfía de su extrema pulcritud y su marcialidad. Son un cuerpo extraño donde antes había carnosidad vital, sensualidad. Ahora no. No hay más cuerpo allí.

De cualquier manera, quedan pocos que puedan documentar su desconfianza en la nostalgia y el recuerdo. La mayoría de la gente ha olvidado. No ha existido el respaldo de la oralidad, ese fenómeno que asegura la pervivencia de una cultura y da vigor a las raíces. Menos el de la escritura. En verdad, hasta finales de los años 60 llegaban aún los buques. La aduana funcionaba y los marinos mercantes, hombres de uniforme kaki, eran los heroicos defensores del romántico bastión de lo portuario. Había un barco donde funcionaba un bar, quizá se llamaba Apure, y allí se bailaba los fines de semana. Atracaba en el hoy pseudoembarcadero de las curiaras que viajan hacia y desde La Encaramada, bajando por la escalera del Mirador. Había otro bar, el Cyrnos, en el Paseo, donde se reunía la marinería. En ese bar, al que se accedía subiendo tres altos escalones y atravesando unas puertas batientes, había dos rockolas: una de ellas dedicada solamente a tangos, y, por supuesto, a Gardel.

Mientras se desgranan en el texto estas evocaciones, se toma consciencia de esa sensación de escenario vacío, de obra desmontada, que se tiene frente al animal de oro. Falcas y curiaras y la gabarra de Los Pijiguaos son los únicos barcos que hoy pasan frente a Angostura. Al puerto de San Félix llegan ahora los barcos de gran calado y con banderas distintas, tan distintas como las lenguas de los capitanes y las tripulaciones. Y quizá no existe ya el aura romántica. El Río, entretanto, pasa altivo. Él permanece.


Ante ese Río todo es siempre un intento de entender. Un ejercicio hermenéutico. Se vive en sus riberas con una sensación de perenne metafluvialidad. Es posible escribir algo como esto: La inundación duró tantos siglos que aún la atmósfera guarda la memoria del agua. Uno escucha el rumor secreto en la brisa. Uno siente la corriente pasando entre los miembros del cuerpo, sobre todo en los días esos en los que sopla el barinés. Si uno se acerca a la roca, puede escuchar una resonancia en diálogo: son la memoria del aire y la pétrea encontrándose. La roca es la que está ante la Piedra del Medio: una tan cuidadosamente señalada por las crecientes sucesivas. Hay en ella visibles rayas horizontales, bien trazadas y remarcadas en colores pertenecientes al ocre que se destacan sobre el fondo negro ígneo. Todo el conjunto es armonioso y apolíneo. Porque éste es un espacio donde predominan líneas rectas y sencillez de la forma. Un espacio que no desea violentar la ardua luz solar, el abrumador peso de la humedad y los olores que provienen: del ancestro memorioso, del omnipresente Río y de la presentida selva (esos son los fundamentos de las estéticas que han ido surgiendo en esta parte del mundo). Éste es un espacio que asume totalmente la fuerza exterior que le dio vida y circunstancia. La huella en la piedra es cicatriz. Paradójicamente, es también testimonio de su capacidad de sobrevivencia. La ciudad se hizo sobre rocas similares. Por lo tanto, la ciudad íntegra es recordatorio de lo que el hombre es capaz de hacer: sus peores y sus mejores actos. Es una expectativa sin dejar de ser un pasado remoto y remoto y más remoto. Y es la eterna potencialidad de la catástrofe y la muerte. La advertencia de que todo lo que tenemos ha sido dado en préstamo por una Divinidad cuya correspondencia cercana es fluvial. Y algún día esa Divinidad solicitará la absoluta devolución de cuanto nos diera y, además, con creces solicitará todas las ganancias que le corresponden de su inversión.

CUARTA NAVEGACIÓN

Las riberas del Orinoco conservan el triste recuerdo de la aventura humana, de la llegada y la partida, de la expedición desenfrenada.
Del folleto Orinoco, textos por Héctor Bujanda y Luis Alvis

El progreso ha traído como consecuencia que la gente de la ciudad diera la espalda al Río. Antes, él era el escenario donde toda acción tenía su puesta en escena. Los habitantes de sus refugios portuarios, llamáranse esos como se llamaran y estuvieran ubicados en cualquier espacio ribereño, eran afortunados, privilegiados, espectadores de magníficos shows , mejores aún que los que se representaban en los escenarios de las grandes ciudades. Ahora, motores humeantes. La fila del tráfico citadino inunda el Paseo. Los autobuses del transporte público viajan con disc music a todo volumen. La compacta percusión de los bajos altera los nervios doloridos de ciertos pasajeros sensibles. Los compradores de oro susurran cantilenas al paso de cada transeúnte.

Las casas antiguas están ocupadas por oficinas públicas donde la burocracia crece como un hongo. Fingimiento. Es incontrolable la invasión de las alimañas en las ruinas. Muerte: el Río se ha transformado en el receptor de las aguas pútridas, en el desván donde se ocultan las miserias. ¿Quién quiere, quién puede, ahora mirarlo, pendiente de sus cosas: de la defensa contra todo y el cumplimiento de los puntos más bajos de la escala de Maslow?

Desde el vientre enfermo de la ciudad, miles de toneladas de basura son lanzadas a las riberas del Río. Dicen que los que las lanzan allí son invasores foráneos: buhoneros que han arrastrado su camión de baratijas a lo largo de caminos y poblados de toda naturaleza. Gente que recala eventualmente y se va y a quienes no les importa el Río. Nadie protesta. Nadie parece darse cuenta. Las autoridades de la ciudad, las de la Cuenca toda, discuten y negocian para repartirse las cuotillas de poder, beben cerveza helada en la carretera hacia el sur, comiendo carne asada con cachapa, sin saber nada de los fantasmas, de las nostalgias. Dan la espalda a la ribera, al basurero, pero también al precioso cuerpo de agua que traga siempre la luz, que siempre la devuelve. Quizá porque nadie piensa que el Río pueda algún día terminar.

Compacta (y dolorosa) percusión. Luego, está la Serpiente, cuya amenaza nunca ha acabado. Quizá los pescadores, los capitanes de las barcazas multicolores, las mujeres que aún van a lavar a las orillas, los indios que en él basan toda su existencia hayan sido los justos que han impedido que su enorme cuerpo se mueva, que ella se enrosque y eleve su cabeza, devastando con el líquido movimiento de sus vértebras el desastre en que se ha convertido no solamente la ciudad, sino casi cualquier enclave ubicado en las orillas desde el Delta hasta las fuentes. La búsqueda del Dorado ha llegado a extremos desenfrenados. Con la voz de garimpeiros se designa a casi toda plaga bípeda de apariencia humana que, en persecución del oro y del diamante, escarba y escarba, envenena lo que escarba y aun su propio alimento, entrega en manos de los funcionarios el peso en oro de la tierra que escarba: diez gramas por cada tonelada de destrucción, o algo semejante. Llega, escarba, destruye. A veces, se va. Otras, sus huesos quedan bajo la tierra escarbada, hito para que venga otro de su misma especie. Mientras tanto, los que verdaderamente se enriquecen son aquellos que están en oficinas dotadas de climatización artificial, o en la cubierta de yates soleados, dirigiendo sus transacciones millonarias por la Red, con una microcomputadora portátil de altísima resolución. El Orinoco es para ellos un nombre escueto al lado de las cifras. El Río, el Río.


En la búsqueda de la quimera

I
El Orinoco siempre ha sido motivo principal de inspiración de los poetas y juglares guayaneses, quienes han visto en el padre de los ríos venezolanos el símbolo de la permanencia, de la poesía y la fugacidad. El río que se va, pero siempre está allí, fluviante y serpenteante, pasando por debajo del puente, ha ejercido mucha influencia en la sensibilidad de quienes nacieron en los territorios del río, llegaron o pasaron por Ciudad Bolívar o nacieron en sus orillas.
Los conquistadores españoles le cantaron con entusiasmo. Durante los tiempos de la Colonia, cuando la ciudad se llamaba Angostura , el mismo río2 fue la llamada a entrar en el secreto de su presencia, a entrar en él, una y dos veces y muchas veces como en una sentencia que siempre está abierta. La enseñanza del río ha quedado como un diálogo en las páginas de quienes tuvieron la dicha de acercarse a su fluir permanente con los ojos de la poesía.
Para el poeta Luis Alberto Crespo, los que llegaron a ver el Orinoco buscaban el resplandor áureo o la oculta riqueza de una ciudad vestida en oro, cuyo escenario pronto se convirtió en selva. Lo metafórico descubrió sus velos y también sus encantos. La imagen de la Arcadia ancestral fue la fuerza que impulsó al hombre a la errancia en ese inmenso boscaje llamado América. Atraídos por el magnetismo de los minerales, llegaron españoles y franceses a las selvas del Orinoco “para fundirse con el paisaje orinoquense”. Deslumbrados los expedicionarios se internaron en los confines de las aguas para hallar el resplandor áureo del oro.
Entre el ensimismado Colón y su silenciosa bitácora hubo una atracción por descubrir los secretos de ese río que rugía en su cercanía con el mar. ¿Qué lazo unía al navegante con el infinito Orinoco, que se hallaba detrás del horizonte? La historia, que ha sido escrita por los vencedores, nos trae la noticia –preparada, por supuesto- que Colón llegó a estas tierras de gracia buscando el oriente por el poniente, en procura de nuevas rutas y especies. Pronto se dio cuenta que o había llegado a las Indias, sino a un enigmático territorio virgen que se parecía al Edén soñado por los cristianos. Apenas probó el agua del Orinoco en el golfo de Paria supo que estaba en la comarca del Paraíso bíblico. Entonces decidió cambiar la búsqueda de la canela y la pimienta por la del oro, que suponía abundante en aquellos parajes surcados por grandes ríos, en cuyos cauces brillaban los más ansiados tesoros. En los ojos alucinados de los conquistadores las pepitas de oro eran imágenes por demás irresistibles, como para no quedarse e internarse en la selva tras la huella de a quimera dorada: La ciudad de oro, donde “sus reyes se empolvaban de oro o se duchaban en una laguna de arenas áureas, a pocos pasos de las casas y los palacios salvajes de una ciudad llamada Manoa”.



Sobre tumbas de una ciudad sin héroes
Cien años después de la última reconstrucción de la nueva ciudad -la antigua Angostura muchas veces rehecha y mudada que volvió a llamarse, no como antes se llamara desde 1595, sino después de la última mudanza que se hiciera en 1764 - no quedaba de su pasado más que un viejo cementerio que servía de guarida a los perros callejeros, mendigos, delincuentes, drogadictos y violadores de oficio. Para ciertos historiadores, paleontólogos y paleógrafos, este sitio casi nunca visitado, debió haber sido declarado desde hace mucho tiempo monumento histórico, como una medida para resguardarlo tanto de los profanadores de tumbas como de los moradores aledaños que tenían la bárbara costumbre de tirar basura, desperdicios y otras porquerías en el único lugar que no había sido invadido por las hordas epigástricas y epilépticas de la democracia plebeya. Ya era muy tarde. Esas tumbas casi hundidas, llenas de basura, muchas con sus cruces torcidas y ángeles amarillentos, algunos descabezados, eran las únicas imágenes que aún quedaban del pasado de unos pobladores que mostraban mucho apego a las paradojas.
Cien años después de lo que sin duda no sería la última reconstrucción, algunos de esos nombres inscritos en las desgastadas losas de la muerte seguían siendo referencias en la ciudad, aunque muchos se preguntaban el por qué con ellos se habían bautizados plazas, calles, urbanizaciones, barrios, parques, arboledas y redomas. Se les nombraba sin saber que cosa importante habían hecho para merecer la inmortalidad que ofrece -no gratuitamente- la historia de la oficialidad pueblerina. El profesor, después de haber regresado del único lugar donde se sentía a gusto con el olvido -ese silencio oloroso a muerto- buscó en los anaqueles del conocimiento La Historia y Crónicas de los pueblos mitológicos, escrito por el Cronista de la Ciudad, y se enteró del año de fundación del Cementerio Municipal de Angostura, también muchas veces reconstruido según el gusto oficial.
Después de haber visto la imagen de la muerte desde el jardín de la infancia, el profesor pensó lo que dirían sus alumnos después de su deceso. Imaginó la escena en el lugar de los callados. Volvió otra vez a la realidad, abrió los ojos y se adaptó de nuevo a las circunstancias. Con pasos firmes se acercó con sus discípulos al encuentro de lo desconocido.

Moncho Ray: el pintor de las bailarinas


El pintor de las bailarinas, que después de haber vivido y recorrido toda París, ha muerto en Ciudad Bolívar, la vieja Angostura de ayer. Ya no volverá a pasar por esa calle por donde anduvo sin darle mucha importancia a las miserias del este mundo, que muchas son, con más penas que glorias. Varias veces coincidimos en la misma panadería donde acostubraba tomar café, cerca del destartalado taller donde ahora paso la mayor parte de mis horas, compartiendo mi tiempo con quienes hacen arte con las uñas. En ocasiones nos deteníamos para hablar de lo humano y lo divino. Ahora para él otro mundo se abrió como por arte de magia. La muerte le llegó sorpresiva, sin darle aviso. (Así es ella: llega como una sombra y a veces cuando uno menos la espera).
Cuando murió (literalmente de hambre y desamparado de la protección de los gobernantes, más no de los amigos) el pintor José Martínez Barrio, comentamos su muerte y precisamente hablamos de esa fatalidad que pesa sobre todos nosotros, tan mortales. Platicamos en torno a muchas cosas que podrían venir al caso, sobre todo cuando caemos en cuenta que también Moncho Ray vivió como lo que era: un artista que sobrevivía en una ciudad que poco le da importancia al Arte. También él fue echado a un lado por los provincianos gerentes culturales, tan apegados a esa rancia mediocridad que por aquí echa su oscura sombra y se acomoda al son que le tocan los indiferentes mandarines, tan preocupados en la honestidad que olvidan el espíritu de la honestidad.

Los libros enloquecieron al Quijote de Angostura

"Me parece que al hacer el Elogio de la Locura,
no estaba loco por completo".
Carta a Tomás Moro. Erasmo

Alonso Quijano, aquel ingenioso hidalgo, hombre de unos cincuenta años, seco de carnes, enjuto de rostro y según muchos el más delicado entendimiento que había en toda La Mancha, perdió la razón por el consumo desmedido de libros de caballería. El Quijote se la pasaba hasta dos días con sus noches leyendo ininterrumpidamente esas historias, decían su sobrina y su ama de llaves. Para solucionar el problema las atribuladas damas llamaron al cura Pedro Pérez y al maese Nicolás, barbero del barrio para que, antorcha en mano, las ayudaran a quemar a los responsables del desvarío.
El único libro que se salvó de aquel infierno, fue Historia del famoso caballero Tirante el Blanco, por ser, según el purpurado, el mejor del mundo en su género. Hasta los de poesía terminaron en las brazas, pues "hacerse poeta era una enfermedad incurable y pegadiza".
Ahora, por las calles de la vieja Angostura, por donde transitan tantos quijotes y sanchos panza, casi desvariando por los ataques del hambre que es canija y tiene cara de perro, anda el poeta y librero Pedro Ostty, anunciándole a todo el que necesita creer en la salvación de la cultura, que él, el mismísimo espanto de la libertad, es el director de esa fulana cultura que otrora fue más bien parece un botija desfondada.

Insistencia (y resistencia)

Afuera llueve. Son las 5 de la tarde y el sol parece pelear con la lluvia. Grandes gotas, como ojos de diamantes, chocan contra la calle. Tenía tiempo que no observaba ese espectáculo. Recostado a la ventana veo correr las aguas sucias como serpientes. El sol, a pesar del tiempo, está allí, insistente, cayendo, pero rojo como dragón enfurecido. Me acerco más al vacío: ¿es esta sensación la que siente un suicida en el momento de tomar la decisión definitiva?
Intento ver la entraña de una gota. Creo descubrir ángeles apenas entrevistos, reflejos angélicos cruzándose velozmente, follajes solares moviéndose en el infinito, soles que viajan a través de la noche, altares donde la luz nunca se ha dicho; alas fulgurantes como destellos que parecen buscar el final del túnel donde todo es más claro y transparente. Todo eso que brilla ante mis ojos en esa gota de agua atravesada por un rayo.
Vuelvo otra vez al relato que se va prolongando, palabra por palabra, tejiéndose como un tapiz.

Domingo

Uno insiste. Intenta una y otra vez la misma historia, se levanta ya repuesto y continúa la carrera de siempre hacia la incertidumbre. De pie recapitula, se acomoda nuevamente a la vida, se pone en algo, en sintonía con el ritmo del mundo, abre la ventana para que entre aire y la luz y casi encorvado en el cuarto trasero de las reses que serán sacrificadas vuelve a sentirse optimista. Más tarde la cara de optimista desaparece y volvemos a caer en la misma depresión de ayer. ¿Qué nos queda? Volver a insistir, levantarse y seguir. Somos guerreros de la incertidumbre.


La Religión de los Kari’ña


Hay muy pocos estudios culturales o teológicos que nos permitan acercarnos con propiedad a lo que es la religión de los Kari’ña. El más difundido es el de Marc de Civrieux, publicado hace más de treinta años. Por lo demás, y aunque la acción misionera de los franciscanos observantes (orden que tuvo a su cargo la conversión al cristianismo de gran parte de la nación kari’ña) no fue acentuada, coherente o sólida, el sincretismo religioso se ha venido imponiendo, mezclando los usos, costumbres y rituales del catolicismo. Últimamente, además, en ciertas comunidades se han implantado núcleos de iglesias cristianos-no católicas, que ejercen con nutridos feligreses, pero son desconocidos los sincretismos que pueden haberse producido a partir de esta otra implantación.

Lo cierto es que para el kari’ña, espontáneamente, todo el territorio que habita está lleno de significados religiosos. Si nos atenemos a lo que plantea Civrieu, además de las observaciones personales realizadas a lo largo de varios años de investigaciones acerca de la cultura Kari’ña, no se trata de un panteísmo en el estricto sentido de la palabra, sino de la consciencia de que la divinidad está en todas partes y que eso implica la necesidad de un respeto por el mundo que rodea al hombre.

Dentro de ese mundo, de ese territorio, hay, además, espacios definitivamente sagrados, entendiendo como tales espacios delimitados por la presencia de fuerzas mágicas, divinas, curativas o de potencia espiritual y que deben ser tratados y visitados con una carga adicional de enaltecimiento. En esos sitios, generalmente, se producen iniciaciones chamánicas, ciertas curaciones importantes o reuniones trascendentales para el destino de la nación o la comunidad indígena. Ejemplo de ellos son algunos morichales o los farallones de Chimire, en Anzoátegui.

En otro sentido, todo el territorio es compartido con los kari’ñas muertos, quienes viven una vida paralela, con cotidianidades parecidas a las de los vivos, en forma invisible, pero perceptible y, por ende, respetable dentro de los marcos de la convivencia con el espacio geográfico. Así, pues, podemos distinguir una vertiente religiosa dentro del ejercicio kari’ña y es su vinculación existencial con el paisaje que rodea al hombre colectivo e individual.

La otra vertiente de la religión kari´ña es la relación específica con ciertos vegetales sacralizados, tal vez porque en la memoria ancestral el moriche representa múltiples usos para la sobrevivencia. Otro vegetal que merece el respeto especial de los kari’ñas es el mastranto, no sólo por su multitudinaria presencia en la sabana (lo que indica una alta capacidad de resistencia a los cambios de clima y arbitrariedades del suelo) sino por su poder para alejar a las serpientes de cascabel y, en algunos casos, contrarrestar su veneno. De cualquier manera, un puidai (chamán kari’ña) conoce estrictamente las potencialidades de cada planta a su alrededor y las conoce desde diferentes puntos de vista: como metáfora de la sobrevivencia, como posesión que asegura la identidad del ser colectivo, como posibilidad de curar o de matar y como referencia individual.

Tradiciones: Akatoompo y Mare-Mare

Entre las comunidades que habitan la Mesa de Guanipa, en el estado Anzoátegui, quedan aún las señales de la etnia kariña, desciendientes directos de los caribes. Estas comunidades, aunque hoy en día se han incorporado a la cultura de la comunidad criolla, conservan entre sus tradiciones una fiesta conocida como el akatoompo que se celebra el 2 de noviembre, fecha destinada por la Iglesia Católica al recuerdo y a la oración por los muertos. Ese día la comunidad kariña celebra rituales en memoria de sus difuntos que, según los estudiosos, han ejercido una gran influencia en la manera como también las celebran otras poblaciones del oriente del país. Entre los kariña existe la creencia de que los difuntos desde el dos al tres de noviembre regresan a visitar a sus familiares, quienes les esperan y, para recibirlos, preparan reuniones en las cuales se mezclan música, cantos y bailes.
Los participantes, acompañados por cuatros y guitarras (originalmente se hacía con flautas de caña) danzan entrelazados por la cintura, con giros y movimientos hacia adelante y hacia atrás. Entonan cantos espontáneos en los que se evocan acontecimientos importantes en la vida de los difuntos y destacan su recuerdo dentro de la vida del grupo.
Pero la danza que mejor define la sobrevivencia cultural de los kariña, quienes también se encuentran en el estado Bolívar y Monagas, es el Mare-Mare, danza festiva que se suele ejecutar para celebrar la reunión de las familias, dar la bienvenida a visitantes o marcar el final del luto por un muerto. Generalmente el baile se acompaña con una música interpretada por tambor y maracas, a la que se le ha agregado el cuatro, acercando su ritmo al joropo. La coreografía, formada básicamente por dos filas de bailadores sugiere una serpiente que avanza y retrocede, en actitud amenazante para luego enrollarse y desenroIlarse. Esto no es gratuito, hay que recordar que la culebra tiene un significado especial para los kariña, quienes en su mitología se consideran originarios del hueso de la serpiente. Anzoátegui es su terruño.



Sobre ángeles y apariciones celestiales


Desde los tiempos más remotos, a la humanidad le han fascinado los ángeles, esos seres impresionantes y luminosos que planean como heraldos y guerreros entre Dios y el hombre. Los ángeles nos rodean y nos sobreviven: en el cine, en la radio, en la televisión, en la poesía, en los cómics, en la religión...Los teólogos les han dedicado su vida, los artistas plásticos su carrera como Lubok, Jan Van Eick, Hayley, Giotto, Hans Memlinc, Martin Schngauer, Giambono, Botticini, Rafael, Francesco Traini, Filippo Bunelleschi, Perugino, Doré, Jerónimo Bosch, Pieter Bruegel el Viejo, Frá Angélico, Benozzo Gozzoli, Leonardo da Vinci; los poetas le han consagrado su poesía como Isaías, Tundale, William Blake, John Milton, Rainer María Rilke, Hölderlin, Rafael Alberti, y psicólogos como C. Jung, se han esforzado en teorizar acerca de la fuerza y los matices que posee actualmente el arquetipo "ángel", no sólo bajo su forma tradicional y legendaria, sino también en su moderna apariencia de encarnaciones extraterrestres.
¿Qué o quiénes son los ángeles? ¿Son seres etéreos de luz sin sustancia, o criaturas dotadas de sólida forma humana y alas que le permiten volar de verdad? ¿Por qué resurge hoy la devoción popular por las huestes angélicas, que tuvo su apogeo en la Edad Media, ante de los apocalípticos horrores de la Peste Negra? ¿Alguien los ha visto alguna vez, aparte de las voces que escucharon Juana de Arco, Jesús, Mahoma, Gandhi y los apóstoles? ¿Se les puede considerar los supervivientes de civilizaciones perdidas o sencillamente la parte más mágica y espiritual de la creación? ¿Cuál es la realidad de esos seres andróginos que se erigen en los representantes luminosos de "Otro mundo", preocupados por la situación del hombre y del planeta que éste habita?
Los ángeles no son una invención de los judíos ni de la fe cristiana. Según las 11 Tablas de Arcilla de Sumeria, respaldadas por los posteriores texto hebraicos atribuidos a Enoc el Escriba, hace más de treinta y dos mil años que los ángeles, esos seres resplandecientes que aparecen en todas las civilizaciones como los formadores de la conciencia y del saber del hombre, ya sobrevolaban la tierra más atrás en el tiempo. De acuerdo a los estudiosos más apasionados y menos ortodoxos de la prehistoria, hay evidencias dejadas por el Neanderthal y el Homo Sapiens acerca de estos inquietantes seres que los sumerios llamaban "seres luminosos serpientes de un ojo y de dos ojos".

Para el arqueólogo Christian O'Brien existió en la antigüedad un grupo reducido de seres brillantes que emergieron de la nada y que influenciaron a nuestros ancestros de una forma tan profunda que aún hoy se mantienen en nuestro recuerdo, así como en nuestros mitos y leyendas, como ángeles. Estos seres fueron representados por los pobladores del Cercano y Medio Oriente, tanto en Persia, en Jericó, en el Valle del Indo, en Sumeria, Creta y en Egipto. En las paredes de las tumbas etruscas aparecen representadas imágenes de ángeles. De modo pues que los ángeles aparecen como civilizadores en las culturas egipcia, sumeria, babilonia, asiria, persa, griega, romana y hebraica. Y desde los tiempos más remotos hasta hoy, a la humanidad le han fascinado esos seres impresionantes y luminosos que según el Libro de Dzyan tibetano son los "artífices de la forma a partir de la no-forma".



Los trabajos y los días

Es débil la luz que ilumina los libros. Apenas comienza la vida. Se inician los trabajos y el día. Mis ojos, todavía encandilados por el amanecer, recorren los ámbitos que me son familiares. Allí están las imágenes de los que trascendieron los tiempos y las adversidades. No son solamente figuras. O retratos. Sus ideas siguen vivas, vigentes. Sus obras no fueron ni serán pasto del olvido. Allí está Pablo Neruda, sonriéndome, con esa dulzura terrestre de niño desamparado. Me acerco a sus poemas. Tomo el libro "Las Uvas y el Viento". Y otra vez escucho su voz, sus versos inmortales: "Tenéis que oírme":

Yo fui cantando errante
lo mejor de una tierra
y otra tierra
yo levanté en mi boca/ con mi canto:
la libertad del viento,
la paz entre las uvas.
Parecían los hombres
Enemigos,
pero la misma noche
los cubría
y era una sola claridad
la que los despertaba:
la claridad del mundo."

Después de la lectura de este poema, varios pensamientos se me vienen a la cabeza. Uno siempre quiere que lo oigan, aunque las palabras se las lleve el viento. O se queden olvidadas en el papel. Un poeta siempre es un errante. Vive como en el destierro, solitario, alejado de las modas y del mundanal ruido. Lejos de los mercaderes y de los mercenarios de la vida. Hay poetas, como siempre los ha habido, que han alcanzado el territorio más libre y primitivo del hombre: su corazón. Qué más quisiera uno que vivir por siempre al amparo de esa casa frágil que a veces se derrumba, o está sola, sombría. O desolada.

No encuentro cómo llegar al punto. Las ideas no quieren ordenarse. Me brotan incontenibles. No quieren diques. Son como pájaros que quieren alcanzar las ramas más altas. Las dejo volar, arriesgarse a los cielos de esa patria que buscan los hombres: la felicidad. O la inmortalidad de la ternura, del amor. "Cuando mi pensamiento va hacia ti, se perfuma;/ tu mirar es tan dulce, que se torna profundo../ El amor pasajero tiene el encanto breve,/ y ofrece un igual término para el gozo y la pena." Son versos de Rubén Darío, el Gran Poeta, el Maestro apasionado de la vida.

Un amigo pintor ha entrado a mi bunker. Escudriña entre los libros. Lee los periódicos de ayer. Me pregunta, pide café. Habla de la decadencia., de los tiempos que fueron. Habla de la pérdida de la ética, de los promotores sociales, de las ideas políticas; habla de la falsa amistad que profesan algunos. Me dice: cuidado con escribir mis confidencias! Me hago el loco y las escribo. Me vuelve a decir que no quiere comprometerse. Luego se arrepiente: "Escríbelo". Y suelta una gran carcajada que estremece el instante que nos acerca al fin de un tiempo y al comienzo de otro. Ojalá que el que venga no sea tan infame y tan conflictivo y desafortunado.

De los “Papeles de la casa vieja”

“Mi casa es una casa derruida". T.S. Eliot ("Geroncio")

Vuelvo a la casa donde crecí, frente a una iglesia por donde todos los días entraban y salían los muertos, y sólo encuentro musgos en las paredes, sombras que guardan tras las puertas. Veo un jardín que se quedó sin flores, con muchas hierbas y saltamontes. Vuelvo a casa, donde envejeció y murió mi abuela paterna, y sólo la muerte entreteje telarañas en los rincones. Vuelvo a casa y sólo salen a recibirme los ecos de los que se fueron a esa otra tierra a donde yo también iré cuando muera. Las voces de los míos se pierden en la soledad de allá.

Al verme, mi padre, que es poeta sin haber escrito nunca un verso, me dice: “Iré contigo por el camino en silencio. Un remolino leve se agitará tras nuestros pasos y los borrará. Unas aves amarillas como mariposas seguirán nuestras huellas. Y unos ojos entre sombras grises, nos mirarán partir. Ese día habrá sol y flores abiertas como el primer día en que el viento agitó la cabellera negra de tu madre, que Dios la tenga en su gloria”.

Mis padres, madre e hijo, envejecen en la oscuridad. Todas las tardes se sientan al final de la casa, en el patio cubierto, casi el uno junto al otro. Y desde allí todas las tardes miran la caída del Sol y sienten la llegada del anochecer. En ese oscuro lugar del caserón que durante mucho tiempo cobijó mis huesos, los encuentro cuando llego de viaje. Parecen esperar la muerte que viene en silencio como una sombra indetenible. Y mientras esperan, conversan entre recuerdos para no aburrirse de los tiempos pasados, de los amigos muertos, de los instantes vividos que se deshacen en la memoria y de los hijos que se fueron, algunos de los cuales no volvieron jamás. Tal vez estén en otras partes o quizás olvidaron el camino que todavía no ha cambiado a pesar del "progreso", que todo lo transforma. Mis padres están hoy uno junto al otro, como siempre lo han estado. Mi abuela-madre en momentos recuerda el pasado más cercano y sus ojos, tristes y distantes, se le llenan de lágrimas. Todos los suyos murieron; el último hermano juglar, con quien cantaba galerón y componía al contrapunteo décimas perfectas, recién murió después de los ochenta. Al recordar los muertos le habla a mi padre de cómo va pasando el tiempo envejeciéndolos. Mientras tanto, la brisa sacude con suavidad sus canas llenas de congojas y penas.

He vuelto, después de viajes y recorridos por los países lejanos, a la casa donde pasé mi adolescencia, y sólo veo a la huésped indeseable en la sombra. Mi casa ya tiene dueño: el pasado. “No regreses”, eso me dijo mi abuela la primera vez que me fui para no volver..

Aquí mi padre, el Panadero, envejece viendo crecer la hierba que crece y amenaza con invadir la tierra cultivada. Gris y encorvado, ya casi ciego y adivinando para no caer, mi padre no oye la brisa que sacude su cabellera blanca, parece que en sí mismo vaga.
Ya en el fondo, oigo pasos, voces que aúllan de penumbra. Entre telarañas de olvido me recuerdo. Y otra vez recuerdo lo días que viví en la casa paterna. Ahora contemplo la madera del techo que pudre el tiempo. A este caserón le llegaron los murciélagos como invasores negros. ¿Cuándo entrará el sol por la ventana rota?

Hoy los recuerdo mientras escriba esta crónica poética. Mi padre está conmigo bajo el árbol que me vio crecer. Mientras la noche transcurre, nosotros conversamos sobre lo vano: el tiempo.
Hay un olor de madera podrida en el aire. Un escalón le falta a la escalera pudriéndose. Hay también voces, risas y adioses repetidos que caen al vacío. ¿Será mi madre que mueve su cintura al ritmo de la pandereta? Es hora de ocaso. Más acá de la puerta vieja los ojos de mi nfancia descubren el brillo del poema.

La Odisea del hombre

El corazón del hombre ha conocido terribles calamidades. Desde el viejo Homero y su reflexión sobre los "hombres de un día" ningún pueblo ha meditado tanto como el griego acerca de la imposibilidad humana de ser feliz. El griego contempla la vida con mirada exenta de ilusión.
El gran tema de la miseria humana inspira a los coros trágicos sus quejas inolvidables. Los moralistas de Grecia son eco de sus poetas: "La tierra entera -dice Epicuro- vive en fatigas y para las fatigas es su mayor capacidad". El pesimismo, que no es sólo la tendencia a ver las cosas por el lado más desfavorable, es natural a todo ser fervorosamente entregado a la vida.
Hoy, al medir la distancia entre el término de mi aspiración y lo que de hecho he obtenido, me quedé silencioso, exánime. Cómo agoté las fuerzas en la inutilidad. Y ahora me queda la debilidad extrema, la visión pesimista de las cosas. Puede que el fin sea difícil de lograr y que el cumplimiento de los sueños exija un duro esfuerzo. Pero el esfuerzo que hasta ahora yo he puesto en mi empeño no ha sido tan grande ni se ha afirmado tanto en mi ser como este sentimiento de abandono. Pero soy libre, adéspotos. Y eso me hace feliz. (Ninguna libertad se logra sin renunciamientos).

Correr tras el viento

Correr tras el viento, como dijera Salomón, no sirve para nada. Todo acaba y todo comienza. Y aunque Groucho quiera correr y acabar de una buena vez, ¿cómo podría convencer a Chico que de nada vale ir más rápido si todos los caminos conducen al cementerio donde duerme y descansa la Muerte? (Primera duda: ¿no es la vida la que descansa de sí misma, plácidamente en los territorios quietos y conquistados de la Muerte?).
En verdad damos tantas vueltas de aquí para allá, de arriba para abajo que terminamos siempre en el mismo lugar: en el mismo punto de donde partimos. El movimiento es una ilusión como todas las cosas. Como la eternidad o la perfección. Creemos que nos movemos hacia un lugar lejano, pero estamos en el mismo sitio, colgando del vacío, del caos, del Cielo. "Todo se apoya en algo/ o cuelga de algo / Pero ¿dónde se apoya/ o de qué cuelga el centro? / Tal vez se apoye en su propia periferia/ y también cuelgue de ella.../El centro se apoya en un vacío / pero en verdad cuelga de otro..."). (Segunda duda: ¿cuelga el Ser de la nada o no cuelga de nada? (Tercera duda: ¿no será la nada la que cuelga del Ser?).
El alma del hombre cuelga del comienzo de las cosas, del principio. De la Noche de alas negras. Cuelga del Viento que lo lleva y trae, de la Oscuridad que es el Huevo Primordial. Somos hijos entonces de la Noche y del v iento, del Cielo, de la Tierra y del agua. Somos hijos de un bostezo vacío: de un huevo vaciado que durmió en el regazo gigantesco de la Oscuridad. Del Verbo brotó el Aburrimiento, que es hijo de Eros, el más amable de los dioses inmortales, que afloja las piernas y rige el ánimo de todos los dioses y hombres.

Sobreviviendo el siglo

Verano. El viento caluroso entra por la ventanilla del autobús. Despierto. El resplandor de la primera hora me encandila. Vuelvo a cerrar los ojos. Los abro nuevamente. Ahora sí: El alma sabe como soportar los cambios. Me acomodo, adopto la postura del vencedor: levanto la cabeza y miro por encima de los derrotados y caídos que viajan hacia la incertidumbre. Me veo el trasnocho en el espejo. ¿Qué hora es? ¿Cuántas horas han transcurridos desde que salí de Caracas? Veo el reloj. Son las 7 de la mañana, pero todavía algunos pasajeros duermen. La luz, terriblemente blanca, dispersa más allá de estos asientos, sus enigmas y esclarece las parábolas del extravagante que se acerca a la tierra de los alucinados, de los sobrevivientes que suspiran y aspiran por otra vida mejor desde la sobrevivencia.

"Sobrevivir no es difícil", señala el poeta mexicano David Huerta. Lo difícil es vivir, libre de ataduras, de convencionalismos, libre de todo, sin fanatismos ni amarguras. Vivir con optimismo. Pero nos hemos complicado la vida. Estamos enfermos. Enfermos de tristeza, de decepciones y pesimismo. La realidad que somos es patética, dramática. ,contrastante. Tiene muchas mascaras, apariencias. Para nosotros vale más el tener que el ser. Tenemos cosas. Poseemos cosas. Y somos reflejos de esas cosas. Aparentamos una felicidad que estamos lejos de sentir. Nos ilusionamos. ¿A quiénes engañamos?

“La felicidad hoy día, me dice Wallace Stevens, es una adquisición. La más alta búsqueda es la búsqueda de la felicidad en la tierra".

Vuelvo sobre mis pensamientos. Mi mundo está allí: se mueve conmigo, pasa ante mis ojos, deslumbrados. Veo el paisaje reseco. El sol sube como un guerrero, encolerizado. Dos campesinos, harapientos, cabizbajos, se desplazan por la orilla del camino asfaltado. Ya no se maravillan ante el paso del "progreso". Tampoco le temen a la muerte. En su andar pausado se ve el cansancio que dejan os días. Tantas fatigas y pérdidas debajo de su piel. Su dolor no es de este mundo.
El autobús, ruidoso, se acerca a la ciudad. A la engañosa ciudad de los falsos ídolos y profetas. Un tropel de hojas secas levanta vuelo. Huyen del incendio.

Hago memoria. 1969. El sol cae como un encantamiento. Me recuesto bajo la sombra curva de un chaparro. El follaje es áspero. Por entre las hojas pasan algunos hilos de luz. Miro el paisaje: una hilera de hormigas surge de la hierba parda, de color bronce. A un lado yace la piel de una cascabel. Vastos cielos, cándidos. El viento viene vestido de plumajes. Gime en la espesura, mueve las ramas, levanta la polvareda. Se detiene y duda en la orilla de los barrancos y salta con fuerza, majestuoso, rebasa el vacío, se precipita y sube con sus alas abierta. La brisa fresca me llega a los oídos, trayéndome los cantos de los pájaros azulejos, que vuelan todavía en este cielo todavía límpido.
Hago memoria de otras sequedades vividas y que ya pertenecen al reino del pasado. Me miro los pies. Estoy sentado en el suelo, casi desnudo. Una mosca zumba, gira sobre mí. Todo es rudeza. Los sueños se enredan en la cabeza. La hierba, verde, reluciente, brota, linda y lozana. Oigo cantar al cristofué, al azulejo, a la paraulata. Los árboles echan hojas y flores. La brisa me acaricia el rostro. Un ángel desciende, precipitado. Estoy en Jardín del Edén. El alma es inocente. Se deshace el día entre mis manos. El silencio se extiende. Oigo la voz del Mensajero: "Hay otro mundo en lo alto y fuera de éste. El camino hacia él está dentro de ti. Nueva estación. Los árboles florecen. La hojas, sobre ti, se abanican. Nada es tan hermoso como la creación de Dios. ¿Qué es toda esta alegría? Un acorde del dulce ser primordial de la tierra. Relámpagos. Pronto lloverá y el agua mojará la tierra. Antes que nuble, antes que el remonte, glorifica, andariego, al Creador por todas esas cosas. Por los cielos, por ti, firme a tus pies". Sus alas se plegan brillantes, en éxtasis. En un instante emprendió el vuelo a la altura. ¡Cómo giraba para luego lanzarse, oscilante! Cruzó los arcos celestials, abrió el gran viento y mi corazón escondido se agitó como ave. ¡Qué maestría, qué proeza, qué belleza! ¡Oh, aire, pluma orgullosa. He allí el prodigio, el puro afán que brilla como valor y acto, que engendra Aquél, cuya grandeza no conoce mudanza: Dios bermellón, Halcón, Aurora, Fuego Eterno que de los cielos brota. En este aire que respiro vive. Estas hierbas y estas aguas y estos árboles apaciguan mi espíritu. Venga hasta mí, con su legión de ángeles, que me eleve. Con El caminaré a gusto y nadie me derribará. Mi plumaje no conocerá el rigor de la tormenta púrpura de trueno bajo las alas.

Mi país se parece a Itabira

Recorro con mis ojos la orilla de una tierra calcinada. Yerma. Nadie habita ni siembra estos parajes. Sólo el monte, sólo la hierba crece. Y hay soledad. Algunos años viví más acá de esos pajonales que bailan con la brisa caliente. Nací en este lado del mundo. "Y por eso soy triste y orgulloso", me canta Carlos Drummond de Andrade. Trato de recordar el poema Confesión del Itabirano: "Tuve oro, tuve ganado, tuve haciendas./ Hoy soy un funcionario público./ Itabira es apenas una fotografía en la pared./ ¡Pero cómo me duele!".
Vivo en Venezuela, que a lo mejor se parece a Itabira. Diremos, tal vez, en el futuro: tuvimos oro, petróleo, hierro, ganado y muchas haciendas. Pero teníamos tantas riquezas que no nos importó que unos pocos se la llevaran y nos saquearon el país. Nos dividieron en pobres y ricos, en funcionarios públicos y buhoneros, en fanáticos y políticos, en corruptos y honestos, en pequeños comerciantes y grandes empresarios. Y casi todos vivimos a expensas del Presupuesto Nacional. Los obreros trabajan sin alegría y sin esperanza para una minoría de explotadores que tienen el Capital y todavía son los dueños del país. ¡Y cómo me duele!

De este país tal vez nos quede una fotografía en la pared.


En el pardo borde oriental

El calor del día me golpea el rostro. Despierto. Oigo los cantos de las chicharras. Un farallón permanece más allá de la alambrada que divide la tierra. Una flor, como una sonrisa iluminada, se balancea en la orilla arenosa. A lo lejos veo una franja verdosa. Es la vida surgiendo entre las cenizas como una promesa del paraíso prometido. Vuelvo a oír las chicharras y gritos de pájaros, que huyen despavoridos. ¿Quién los llorará?

Viendo este paisaje desolado, viene a mente el recuerdo de un poeta religioso que escribió casi en secreto durante el último período victoriano: Gerad Manley Hopkins. Una de las más intensas y originales voces de la poesía inglesa. Hopkins, cuya obra comenzó a conocerse a partir de 1918, presintió en carne viva la desintegración del mundo. Se anticipó a su tiempo. Violentó las convenciones y reveló en nuevas formas la permanencia esencial de la vida: "la visión de las cosas imparte sentido y el sentido afecta la visión. Y no es la excelencia de dos o más cosas en sí lo que constituye la belleza, sino aquellas dos cosas contempladas una a la luz de la otra", dice en un texto incluido en Poems and Prose. En 1866 se convirtió al catolicismo. Dos años después ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús. Tal decisión lo llevó a destruir gran parte de su poesía y decidió no escribir más "por no ser propio de mi profesión". Pero la muerte de cinco monjas franciscanas hizo que rompiera su silencio y juramento. Y escribió su primera y mayor obra maestra: The Wreck of the Deutschland (1876). En su exilio material, escribió el poema La grandeza de Dios:

El mundo está cargado de la grandeza de Dios.
Flamea de pronto, como relumbre de oropel sacudido.
Se congrega en magnitud, como el légamo de aceite aplastado
¿Por qué, pues, los hombre no acatan su vara?
Generaciones han ido pisando, pisando, pisando esta tierra.
Y todo lo seca el comercio; lo ofusca, lo ensucia el afán.
Y lleva la mancha del hombre y comparte del hombre el olor: el suelo.
Se halla desnudo, ni el pie, calzado, puede ya sentir.
Y con todo esto, natura nunca nunca se agota.
Vive en lo hondo de las cosas la frescura más amada.
Y aunque las últimas luces del negro occidente partieron,
oh, la mañana, en el pardo borde oriental, mana.
Pues el Espíritu Santo sobre el corvado mundo
cavila con cálido pecho y con vívidas alas.

Recorro los ámbitos grises. Siento como una soga apretándome el cuello. Me falta aire. Abro más la ventanilla y saco la cabeza. Respiro profundamente. Viento caliente con polvo. Olor a ceniza, a incendio, a hierbas quemándose. Viento del exilio, de la desolación, de la Tierra Baldía de Eliot. "¿Qué son las raíces que se arraigan, qué ramas crecen/ De entre estos escombros pétreos? Hijo del Hombre,/ No puedes decir, ni imaginar, porque sólo conoces/ Un montón de imágenes rotas, donde el sol palpita,/ Y el árbol muerto no abriga, el grillo no consuela,/ Y en la piedra reseca no hay murmullos de agua. Solamente/ Hay sombra bajo esta roja roca/ (Ven bajo la sombra de esta roca roja),/ Y te mostraré algo diferente/ De tu sombra que te sigue a zancadas por la mañana/ O de tu sombra que en la tarde surge hacia su encuentro./ Te monstraré el terror en un puño de polvo".

Es la visión fragmentada del mundo. Es el terror de saber que estamos destruyéndonos. Los depredadores que somos, los topos, vamos dejando a nuestro paso destructor las ruinas, la tierra estéril. Por donde pasamos no crecen ni siquiera las hierbas. Fragmentos, trozos, escombros, restos, cosas abandonadas, destruidas. árboles quemados, ríos secos, raíces calcinadas. "Un montón de imágenes rotas". Es lo que está quedando de esta catástrofe diaria, de esta devastación, de este gran naufragio que es nuestro planeta.

¿Y qué nos queda: acaso la lucha para recomponer, para reconstruir lo devastado, para ordenar el Caos, para salvar lo que se pueda de ese gran naufragio que es el planeta? Sí. Hay que luchar. Construir para el futuro. Reintegrar esas partes, esos fragmentos del espejo roto. Crear de nuevo el mundo, porque el puente se está cayendo, se está cayendo y estamos enfermos y hay que poner la hacienda en correcto orden, limpiar la casa y sumirnos después en el fuego que nos purificará. Nos dice el poeta que marcó un hito en la poesía universal.
En la Babel de los Devoradores

Tiendo la vista: un pájaro se detiene en una roca ruda. Su pico toca la hoguera de los tiempos por venir. Está cerca la estación lluviosa. Pronto el río crecerá. Y el polvo se aquietará. Lo que se agazapa en la maleza, saldrá. Ahora la oscuridad convoca a la tiniebla y la desgracia deja caer su guadaña y sus pestes en todas partes. Los adinerados del mundo conversan acerca de los próximos nubarrones, de las inundaciones. Se preparan para salvaguardar sus intereses. Planifican, se reúnen en la Babel de los Devoradores.

Mientras tanto, los miserables se precipitan a las calles. Protestan, queman cauchos, saquean propiedades, armados. Y hay moscas, gritos, muertos y muertos. Los heridos se desangran. (¿Señor, por qué me desamparas? ¿No fui yo acaso tu Hijo predilecto?) Las moscan zumban en mis oídos mientras el demoníaco fúnebre de la gente hace estallar la hora y devasta las ciudades. La áurea lengua del Angel los conmina a erigir la ciudad de mañana cerca del Sol, lejos de estas calles infernales, donde jamás alumbra. Aquí la luz es una espada que embiste y hay moscas y ayes en las calles. La tumba está abierta. Los gusanos devoran con placer los cadáveres putrefactos. Y caen todos los muros, las murallas. Y los que van adelante, gritan, eufóricos: Es la resurrección.

La visión me ciega los ojos. Un llanto de una mujer que viaja a mi lado me regresa al presente. Me despierta. El sol despunta. Abandono la postura del ensueño. El aire está caliente. La mujer sigue llorando. Evito verla para que no se apene. Echo el asiento hacia adelante. Vamos al sur. Un zamuro, como una nube negra, planea en el cielo, al oeste. Su sombra cae al suelo y se vuelve serpiente, se desliza, cautelosa. Estoy deslumbrado. Alucinado. Los pensamientos giran rápidamente en mi cabeza. Las palabras, como intoxicadas, quieren salir, tomar aire, ser aire. ¿Flores? ¿Abejas? ¿Semillas? Y giran las imágenes del horror. Veo muertos en todos lados. Aquí. Allá. "Todo lo que se mueve, canta", me dice el poeta Gary Snyder. "La raíces trabajan y no se ven. ¿Y tú? ¿vas a tientas por ahí? Todos sabemos adónde lleva la muerte. El camino es todo lo que pasa. No termina en sí. El final es gracia, sosiego, alivio, no redención".

La incisión en lo terreno, otra vez. La orilla desciende, abrupta, hasta la hora presente. El paisaje ya no constituye un todo y el horizonte, allá a lo lejos, está cubierto por el humo múltiple de la metamorfosis. Las cosas se han convertido en mesura nuestra. Y el ayer se escapa. Los soñadores aguardan, casi invisibles, para llevar hacia el este desconocido a los que se levantarán cuando suenen las trompetas.

La incisión atraviesa el tiempo. Y otra vez estoy aquí, sintiendo un resplandor en mis ojos llenos de visiones.

AFORISMOS LAPIDARIOS


PROVERBIOS


Néstor Rojas



• Todas las personas sueñan con la libertad, pero muchas están enamoradas de sus cadenas.

• El amor es la fuerza más humilde, pero la más poderosa de que dispone el mundo.
• Lo único que se tiene es el amor que se da.

• La magia del amor es más fuerte que el acero.

• El alma jamás dejará de buscar a Dios; su esencia es el amor.

• La búsqueda de la felicidad es el máximo anhelo, que nos mantiene vivos. Todos los días, nosotros luchamos por conseguirla.

• El mejor camino para encontrarse así mismo es la humildad; la sabiduría, para conocerse.

• Toda la vida del ser humano se resume en la búsqueda del amor.

• El amor lo puede todo; libera y esclaviza.

• El poder tiene que estar al servicio del amor, porque sino se invierte en apetito.
• El respeto al derecho ajeno es la paz.

• Nadie tiene el derecho de vida y muerte sobre los demás. Sólo Dios da y por eso nos despoja del vivir.

• Nadie es tan grande que no pueda ser tan pequeño antes los ojos de Dios.

• Sólo el olvido puede salvarnos de la inmortalidad.

• El hombre hizo al diablo a su imagen y semejanza, para justificar sus pecados.

• No es suficiente ser hombre para llamarse hijo de Dios. Primero hay que vencerse a sí mismo y ser un servidor de la modestia, el más justo, libre y prudente de los hombres.

• Hay que practicar el coraje para no desfallecer ante las adversidades. Hay que ser un digno adversario de la muerte, que no se fatiga por lo que hace. El hombre conoce el riesgo de morir. Se lanza al campo de batalla y ofrece al vencedor todas sus derrotas.

• El sueño es lo que más nos acerca a la muerte. Por eso no hay que dormir tanto.
• La vida es apenas un soplo, tan breve que se nos va sin darnos cuenta.

• El tiempo es infinito; es la esencia de la vida que se nos escapa cuando dejamos de existir .El tiempo le pone fina todo. El hombre no es la excepción de la regla: todo lo que vive, perece.

• El hombre inventó la mentira por razones de estado. Lo que hizo lo descalificó para hablar de la moral y las buenas costumbres.

• Hay medios intachables que conduce a fines absolutamente deplorables.

• El que ha ocupado el trono más alto de los cielos, jamás se consideró indispensable.

• Lo contrario de la eternidad es el olvido.

• La muerte es incansable: vuelve inútil hasta el empeño humano por permanecer. Sólo la constancia en el vivir diario nos lleva a levantarnos, aunque todo sea inutilidad.

• Se ha hecho tradición que el que sirve no quiere ser el segundo, sino el primero.

La humildad no es un oficio; es una práctica diaria; tampoco se proclama: se aprende cuando ya no tenemos nada de que jactarnos.

• Se necesita más valor para no ser nadie, que para serlo. Toda la gloria es deleznable.

• Ser grande en la vida es menos difícil que serlo sin decir que se es, aún sabiéndolo.

• ¿Con cuánta nostalgia hablamos hoy de los tiempos antiguos?

• Por los escritos de Séneca conocí el sentido filosófico del tiempo. Ya Ovidio me había contado su pena, desde la soledad de otra tierra ajena a sus afectos.

• ¿Qué puedo decir del desarraigo del hombre fue no sea hablar de la vida desfrenada que llevó? La desgracia de Francisco Quevedo no la sufrió el rey Felipe.

• El paso del tiempo sólo nos deja los quebrantos del dolor físico y la nostalgia por lo que pudo haber sido y no fue

• Lo que fue está irremediablemente perdido. Un hombre, ya en el atardecer de su vida, saca cuenta de sus actos pasados y no encuentra una sola razón, una sola causa para no lamentarse, tampoco para arrepentirse. Lo que consideraba imperecedero e imbatible, se ha derrumbado antes sus ojos cansados y tristes. ¿Qué le queda de ese castillo de arena? Nada, pero en el borde de la muerte se apaga lo único por lo que le hubiese gustado morir: su ideal.

• Los hombres pasaran, una y otra vez, en su intento por conquistar un nuevo mundo. Pero a su pasado quedan las ideas con las cuales había de comenzar los que están en el camino o se levantan.

• Los principios que han inspirado a los grandes revolucionarios de la historia no han muerto: siguen tan vigentes como la necesidad de instaurarlos sobre toda la faz de la tierra.

• En algunos hombres el paso del tiempo deja la serenidad como única ganancia.
• La melancolía será siempre otoñal y crepuscular. Quien mira hacia atrás, dice adiós a la vida que vivió y que ya nunca será; lo que se va, no vuelve.

• Sueño el origen de mi primer nombre. Entre egipcios, indios, precolombinos soy el hombre pensando sobre sí mismo, haciéndome las mismas preguntas del lugar y del origen del ser.

• Las preguntas de Adán son las mías. La incertidumbre del origen es constantemente la incertidumbre del futuro.

• Detrás de toda empresa conquistadora, hay un mercader con las agallas grandes; su codicia es más grande y hambrienta que los deseos de los tantos héroes que aspiran la gloria de la inmortalidad. Los engañadores se beneficiaron del deslumbramiento de la conquista. Los mercaderes nunca escatiman esfuerzos para prosperar y beneficiarse a costa de las miserias de los demás.
• Tras la máscara del político está la codicia de un mercader presta a devorarnos”.
• Ganar gloria y esfuerzo son los sueños de todo mercader que se lanza como financista en busca del Dorado.
• Las guerras hablan un lenguaje que todo el mundo entiende.

• Quien descubre muchas veces no sabe lo que ha descubierto.

• Alabarse así mismo es matarse ante la indiferencia de los demás. El que crea debe conocer el sentido del ridículo y no exponerse desnudo frente a los ojos de los que pagan para que otros los distraiga. Hay que dejarle a otros la responsabilidad de desnudarnos: que sean ellos quienes lleven las culpas de todos nuestros pecados,
reales y ficticios.

• Cuando la gente tiene hambre: ¿En qué piensa? En comer.

• La gente está más interesada en ganarse la vida por el juego, que la vida misma.

• Los diarios dependen de sus lectores, buenos o malos, hipócritas o ignorantes. Los diarios viven de sus lectores, pero los poetas no. Ningún lector justifica mi vida, porque razones tengo suficiente para justificarla; por lo tanto, no me interesa lo que piensan de mí mis pocos lectores o la orientación que le han dado a mis ideas.

• El destino es el dictamen de los deseos para los hombres.

• Nada puede igualar la eficacia del tiempo: a todo pone en su lugar. No hay imperio ni hombre -por muy poderoso que sea sobre la faz de la tierra- que no se rebaje hasta el nivel del polvo. El olvido es su condena final.

• El tesoro del hombre no es lo que logre acumular a lo largo de su corta existencia. Su verdadera riqueza es la humanidad de espíritu que ha logrado adquirir en toda su vida.

• Las dificultades enseñan y nos preparan para seguir el camino más fortalecido que nunca.

• El vivir es el mejor aprendizaje para engrandecer la vida y hacerla más humana. Hacer el mundo un lugar de paz, amor y prosperidad material y espiritual es la misión de cada uno de nosotros; ese es también el deseo de los dioses, que luchan por tranquilizar las aguas de la humanidad.

• Los retos de la vida son exigentes y para enfrentarlos se requiere de valentía, serenidad y sabiduría. Quien yerra con frecuencia es porque ha olvidado las trampas del camino, que hay que transcurrir con los ojos bien abiertos.

• Tener fe no es abandonarse ni quedarse quieto a la orilla del camino. No hay que esperar la palabra en el hombro del que pasa voluntarioso hacia el futuro. Hay que servir y responder confiadamente al llamado del destino.

• Los hombres todos deberían ir en la misma dirección, apoyándose mutuamente.
• A veces, hay que apartarse del mundanal ruido y escuchar lo que nos dice el universo. El viento, que viene de no sé dónde, a lo mejor nos trae la buena nueva.

• Nacer es descubrir lo que podemos ser. Cada día es un milagro positivamente para mejorar nuestra vida y cooperar en la transformación de nuestro entorno.

• Dios vive en nuestra conciencia y repite su mensaje con cada latido del corazón.
• Nuestro mejor sueño no debería ser hacer realidad nuestro sueño, sino cambiar la realidad; los ideales, cuando nos apartamos de lo que hemos querido ser, no nos conduce a la felicidad, sino al fracaso y la insatisfacción.

• La felicidad es un privilegio que sólo merecen los que no se han engañado sí mismo.

• Quien se priva de ser lo que no es no tiene paz con su conciencia. Su temor lo ha confinado a la cárcel de las sombras infelices.

• Quien lleva la guerra y no la paz, siempre cosechas tempestades. Quien siembra el odio y no el amor, muere solo en la vejez. Cuando muere no recibe el beneficio de la resurrección.

• El hombre que fui ayer no volverá jamás. No se vuelve y nunca sé es el de siempre. Altamira quedó en el recuerdo, aunque todavía nos asombramos de haber sido lo que fuimos. Sólo sentimos nostalgia por el paraíso perdido.

• Todo nuevo comienzo es una oportunidad. La despedida es su puerta de entrada.
• La vida es un desafío, que incluye la tragedia y el castigo.

• Cada día es el símbolo del cambio. Apenas aparece el sol ocurre el milagro de la resurrección.

• Con el nacimiento se cumple la promesa de la vida nueva.

• Todo lo que tú eres se refleja en tus ojos. Lo que ocultas los oscurece.

• La misión es la unión de todos, para cambiar el mundo y establecer la paz.

• El amor engendra la felicidad cuando convierte a dos en uno.

• Una idea convertida en ideal puede engendrar la libertad.

• El viento es viajero perpetuo. La vida es el camino.

• El alma también tiene su noche oscura y su cielo claro.

• La fe por la verdad es la que me sostiene.

• Sólo el corazón dice la verdad. Los labios a veces engañan cuando dicen que sí.
• Ser juicioso es tener sentido común.

• La eternidad es la percepción instantánea de todos los tiempos. La inmortalidad es vivir todas las vidas en un instante.

• El que sueña con la libertad no está dormido, sino despierto.

• El tiempo no asegura la inmortalidad; acaba con todos los reinados y con las pretensiones de los sucesores.

• Los hombres no son consecuentes con sus ideas; son tan versátiles como actores de su propio comedia. A veces, pesan más sus razones y caprichos que sus verdades.

• Los procedimientos intachables conducen a la rectitud, que es enemiga de lo torcido.

• El fin ciertamente justifica el medio, pero el resultado lo descalifica. La forma en que se obtiene algo no está sujeto a ninguna norma. La ética es la excepción de la regla.

• ¡Quien ocupa el trono más alto de la tierra¡ Nadie es indispensable.

• Sólo la acción política transforma la realidad objetiva. La literatura afecta la realidad interior.

• La política es el arte de saber cuándo apretar el gatillo.

• Se honesto y es muy peligroso.

• La tarde es un escarabajo, que se oculta entre las hojas del tiempo. La noche es una mariposa, huyéndole al sol. El tiempo es una hoja volando, en zigzag entre los árboles. Mi alma es un pájaro, cantando contra el olvido.



Reflexiones sobre el tiempo y la muerte


Néstor Rojas

• Nos apartamos del Demonio cuando éste ya no puede influirnos para que hagamos el mal.

• Si esta vida es insoportable, la otra es inalcanzable.

• Lo que intuimos apenas cerramos los ojos es la muerte. El alma despierta cuando abrimos los ojos nuevamente.

• Ese pájaro canta y no se ve. No aspira a la inmortalidad, porque su vida es tan breve como la mía. Quien quiera oír su canto lo oirá. Pero, jamás lo verá ni sabrá su nombre.

• Uno intenta recordar un tiempo que fue borrado. Se esmera en vivir el presente, cuyo futuro jamás se detiene. Uno mira el horizonte y no piensa en la muerte. Pero, las piedras crujen bajo nuestros pies y todo lo que nos rodea se va cayendo, convertido en ruinas. Uno termina con los ojos cerrados, perdido en el paisaje oscuro de la muerte, cuya palidez nos cubre el rostro.

• Con el tiempo todo lo que vemos se vuelve opaco. Se van borrando los colores y en las retinas comienzan a aparecer las manchas como pálidas nubes que cubren la visión. El mundo termina allí donde comienza la ceguera.

• El Tiempo deshace todo lo que construye. Vuelve ruinas todo lo que hacemos. Nos devora en un instante y hace imposible la inmortalidad. De lo que vivimos brevemente sólo queda un pasado memorable, que también se deshace.

• ¿Qué tiempo dura el párpado en cerrarse? Lo que dura el jadeo de vivir: un instante.

• El implacable tiempo ha roído la piedra que abandonó el olvidado Sísifo. Los dioses escaparon de este mundo y nos abandonaron a nuestra suerte. El silencio cubrió los altares, ahumados por los cirios.

• ¿Qué esperamos de lo efímero? Apenas nacemos somos devorados por la muerte. Nuestra vida sólo dura un instante. Vivimos abrazados a la tierra, pero no por mucho tiempo.

• El silencio hace resplandecer la palabra. Lo dormido espera por el verbo que le haga abrir los ojos. Sabe que más tarde vendrá la luz naciente que hará posible el acto de vivir.

jueves 6 de diciembre de 2007

Pinturas de Néstor Rojas








La pintura para Néstor Rojas es una pasión plena de correspondencias y cualidades emotivas. Sus obras no son representaciones de la realidad, sino acercamientos a lo imprevisto. Rojas experimenta el arte con todos los sentidos, con una lucidez crítica que no acepta nada como fijo y definitivo. Podría decirse que sus cuadros son hijos de los sentidos y las emociones. Pero, la actitud que se percibe en la obra de este artista puede resumirse en una sola palabra: pasión.
Néstor Rojas concibe el arte como experiencia y no como objeto. Es el hombre quien se sitúa en el centro de la experiencia artística pues es él quien, en tanto creador y contemplador, dota de sentido al objeto.
Todas estas observaciones podrán validarse en las exposiciones del artistas plástico y poeta Néstor Rojas, quien ha mostrado parte de su más reciente producción pictórica, en los distinguidos espacios de Venezuela.
En la más reciente muestra de Néstor Rojas abarca diversas formas de entender el arte de la pintura. Lo más significativo es la libertad y entrega para lograr la máxima expresividad en cada cuadro, trabajados con trazos rápidos, gruesos y muy expresivos. Un rasgo destacado que se aprecia en estas obras es la madurez y habilidad no improvisada, que ha ido adquiriendo Néstor Rojas con años de experiencia en la elaboración del color y la forma. Ese juego de colores con una distribución aparentemente arbitraria, es un impacto para los que quieren ver más allá de las apariencias.

Néstor Rojas ha realizado varias exposiciones tanto en el extranjero (en el Centro de Arte Annamagkerring, en Monghan, Irlanda, en 1998, Colectiva en Duna-Disco. Málaga, en la galería Van Art. Madrid,x 1993, Colectiva Museo del Aceite Marbella. 2004 y en Supermercado del Arte. Ciudad de Bilbao. 2005) como en el país, donde destacan la exposición pictórica “Hierbas verdes cascabeles de petróleo: pájaro Chimire”, realizada en el Centro de las Artes el 30 de Julio de 1999. Ciudad Bolívar, Edo. Bolívar, exposición “Más-caras”, Galería de Arte Doménico’s Memorys, 20-12-2000, Ciudad Bolívar, Edo. Bolívar. Colectiva Plástica Utopía-S, Instituto Superior de Artes Visuales “Armando Reverón”, 16-93-2000, Ciudad Bolívar, Edo. Bolívar, su participación en la colectiva Plástica “Por la Señal de la Cruz”, Instituto Superior de Artes Visuales “Armando Reverón, 18-02-2001, Ciudad Bolívar, Edo. Bolívar y en el Proyecto Isavar. 26 Salón Nacional de Arte Aragua, Museo de Arte Contemporáneo de Maracay “Mario Abreu”, 2001. Exposición “Geometría del color”, en el Tony Bar. Noviembre, 2007.