CRÓNICAS DE LA BITÁCORA DE LOS VIAJES
Néstor Roja
De Profundis
Cabe mucho dolor en cualquier hombre
Mucho más del que piensa mucha gente
Manuel Alejandro
Encontré en la Feria del Libro de Caracas una edición empastada de “De Profundis”, uno de los más conmovedores y patéticos textos de amor que uno pueda leer jamás. Aunque la traducción es mediocre, eso tiende a olvidarse si se recuerdan las condiciones en que fue escrito: el autor, preso y encadenado en esas terribles prisiones de finales del siglo XIX, encuentra, en medio de trabajos forzados, desamparado de cuantos lo habían adulado en sus tiempos de gloria, execrado por la propia familia, que trataba de borrar sus rastros en la historia, sucio y lleno de piojos, enfermo, encuentra, repito, el tiempo para escribir el texto de sus ilusiones, de sus esperanzas, de sus alegrías breves o profundas, de sus humillaciones y sufrimientos, de los maltratos y expoliaciones, de sus círculos viciosos de esperanzas, de sus angustias, de los otros maltratos y humillaciones, de los arrepentimientos y las enormes tristezas a los que lo somete su amante durante un término que no puede ser contado en años. También relata los terribles castigos impuestos a los presos de entonces.
El resplandor del idioma que él enriqueció con el uso magistral de la paradoja y la ironía, luce a través de la opacidad de la traducción, y el lector va sintiéndose dolido más que otra cosa, por ver con tan meridiana claridad, con tan evidente crudeza, la caída de aquel hombre brillante en todos los sentidos, a los abismos llenos de riscos y de explosiones de candela de un infierno que parece imposible de soportar.
II.
Oscar Wilde es irlandés de Dublín y se educó en Trinity College. Más tarde, se trasladó a Londres, donde ingresó a la muy prestigiosa Universidad de Oxford. Era en aquellos días de su juventud un hombre hermoso, que llevaba el cabello largo, camisas hechas en algodón bordado y pantalones de montar de terciopelo, pues le gustaba llamar la atención con sus vestidos. Su habitación, lugar donde se reunían los jóvenes de avanzada intelectual de la época, estaba repleta de obras de arte, porcelanas, cristales y plumas de pavo real. En 1885 se casó con Constance Lloyd, una dama irlandesa muy rica, y pasó una larga temporada en Estados Unidos. Wilde, al principio, fue cuentista (su texto “El príncipe feliz”, escrito para sus hijos en 1888, es una verdadera porcelana literaria) A partir de 1891 se dedicó más bien a la dramaturgia, donde alcanzó éxitos enormes. Era en aquellos días bello, elegante, rico, excéntrico, famoso, feliz e imponía todas las modas de su tiempo. Muchos veían en su extravagancia excesos, otros, lo consideraban un libertino y, finalmente, aun otros lo consideraban un modelo de libertad: de la libertad del artista que, por lo demás, fue una de sus tesis ideológicas: la libertad del arte por el arte.
III.
En este tiempo de su vida, entró en ella Lord Alfred Douglas, joven aristócrata, hijo de una influyente y rica familia. Douglas y Wilde comenzaron a tener una relación amorosa. ¿Qué impulsa a un hombre a enamorarse de otro de manera tan rotunda que por él abandona todo, que le hace caso en todo, aun en eso que lo perjudica, que le admite humillaciones y maltratos, que le acarrea celos y necesidad patológica, que se establece entre ellos una relación de dominaciones alternas y sentimientos que van desde la ternura al odio? Posiblemente, lo mismo que induce a una pareja heterosexual en las mismas circunstancias. Neurosis. Patología. Dependencias contaminadas de un flujo percibido por raíces que se hunden en la infancia y hasta más allá. Una canción de Manuel Alejandro, cantada por Rafael, dice:
Que tengo el corazón en carne viva
Que ya no sé vivir, ni estar sin vida
Que estoy desconcertado
No sé ni dar ni un paso
Sin ella
Sin ella
Que nada me interesa
Que todo en mí es tristeza
Sin ella
Sin ella
El amor tiene demasiados matices para que los teóricos lo expliquen de manera exacta. La lógica aristotélica no sirve. Los conceptos usuales, no sirven. Y si es riesgoso y terrible en una pareja heterosexual, si es como un hueco en el infierno, debe ser peor aún en una pareja homosexual, especialmente en una sociedad que no comprenderá jamás los hechos antinaturales como fenómenos propios de situaciones que vienen forjándose desde la infancia.
Wilde tuvo la valentía de confesar su amor, de afrontar las consecuencias. Muchos hombres no lo hacen y el disimulo les causa un mayor malestar, una intensidad que a veces se manifiesta en fobias o en manías. Lo cierto es que tal sufrimiento merece compasión y comprensión, aun cuando en ciertas oportunidades esos amores afectan gravemente la sociedad donde vivimos. Y “De Profundis” es una obra que debe leerse con veneración y respeto por el artista, por su dolor, por sus pérdidas, por su literatura. Y por todos los hombres del mundo que sufren lo mismo.
Diciembre 1999
Dos ciudades: Dos Ríos
La exposición fotográfica “Dos Ciudades: Dos ríos”, del artista Carlos Betancourt, nacido en Tulúa, Valle del Cauca (Colombia, 1955), más que una propuesta para mirar dos ciudades fundadas a orillas de dos imponentes ríos, es la aventura de una pasión que se esfuerza por asentar para la posteridad los vestigios del tiempo: la fotografía. Esta muestra, presentada en varios municipios del estado Bolívar en Manaus, forma parte del trabajo creador e investigativo de quien se ha internado por la selva amazónica y el Alto Orinoco y recoge las manifestaciones, arquitecturas, espacios, paisajes y costumbres de dos pueblos unidos por el empuje del río, y es además un aporte para los logros de una integración cultural binacional que estrecha sus intereses culturales.
Ciudad Bolívar, y Manaus son dos ciudades creadas por el hombre para permanecer. Allí está la Vieja Angostura, como una piedra desprendida de sus aguas primigenias, ocultando las flechas y vasijas de los indios, altiva en la líquida luz que traspasa los tejados de las gloriosas y altaneras casas que todavía resisten el paso inexorable de los tiempos, y más allá Manaus la desconocida, como una mano abierta a los ojos de los que buscan el paraíso perdido.
Primera ciudad: Manaus
He visto a Manaus a través de los ojos de un fotógrafo, que me la descubrió sin velos, cotidiana, palpitante y sin disfraz; retratada para verla por dentro, con sus viejas y aún esplendorosas edificaciones, con sus gentes, sus oficios y costumbres. Confieso que la soñé diferente: más cercana a la ilusión que a la realidad. Hoy la tengo ante mí dejándose ver, como una casa inefable en pleno sortilegio, aunque un poco abandonada, descubierta a orillas del río Negro, entre la selva y los húmedos imanes que guardan los misterios del Amazonas enigmático.
Segunda ciudad: Ciudad Bolívar
Ciudad Bolívar, la Angostura de ayer, la antigua Santo Tomé de la Guayana de la Angostura del Orinoco, está situada a orillas del río Orinoco, en el escudo guayanés. Fue fundada por Antonio de Berrío el 21 de diciembre de 1595, día de Santo Tomás Apóstol. Luego, para protegerla de las invasiones holandesas e inglesas, fue mudada en tres ocasiones y asentada definitivamente en 1764.
Según los historiadores y cronistas, más que una fundación fue un traslado a un lugar más seguro de la Ciudad de Santo Tomé de Guayana repetidas veces asaltada y castigada por aventureros y piratas que remontaban el Orinoco en busca de El Dorado. Eligieron para su fundación un cerro rocoso donde el río se adelgaza y se hace más angosto, de allí el nombre de Angostura.
Durante el siglo XIX Angostura se convirtió en un reducto patriota después que Piar arrancó el control de Guayana a España en 1817. Fue la base de operaciones de Simón Bolívar y la capital de la Tercera República desde 1817 hasta 1821. Fue en Angostura donde se reunió la Legión Extranjera formada por ingleses, irlandeses y alemanes, en su mayoría soldados veteranos de las Guerras Napoleónicas, que habían venido a pelear en la Guerra de Independencia de América del Sur.
En Angostura Bolívar convocó el Segundo Congreso de la República de Venezuela el 15 de febrero de 1819. Su discurso inaugural y la constitución propuesta por Bolívar, comprenden el último de los tres documentos más importantes de su carrera. También editó el "Correo del Orinoco" 1818 - 1820. Bolívar regresó a Angostura en diciembre del año 1819 -después de haber estado en la Campaña de Apure y haber asegurado la independencia de Colombia en la Batalla de Boyacá el 7 de agosto de ese año-, logró del Congreso la adopción de la Ley Fundamental de la República de la Gran Colombia, mediante el cual se creaba una solo República que comprendía Venezuela, Nueva Granada (Colombia) y Quito a pesar que ésta última aún se encontraba en poder de España. El 31 de mayo de 1.846 por decreto de la República en honor al Libertador Simón Bolívar se cambió el nombre de Angostura por el de Ciudad Bolívar, en honor al Padre de la Patria.
Angostura fue la sede de varias batallas y una de las primeras zonas del país en ser liberadas de los Españoles durante la independencia. Rica en historia, es una de las pocas ciudades que aún conserva su arquitectura colonial y se caracteriza por tener de escenario principal el hermoso río Orinoco, el “Soberbio Orinoco”.
El nombre de Angostura ha persistido por su identificación con la obra bolivariana y también por el mundialmente famoso "Amargo de Angostura" o "Angostura Aromatic Bitters" que inventara en 1824 el médico alemán J.T.B. Siegert.
Ciudad Bolívar es una de las ciudades del país que encierra más historia en sus calles plazas y museos. Lugares como la Plaza Bolívar, la Catedral de Ciudad Bolívar, la Casa Parroquial, la Casa Museo San Isidro, la Casa del Congreso de Angostura, la Casa del Correo del Orinoco, la Cárcel Vieja y el Fortín Zamuro han sido testigos de la evolución de esta población y su gente. Referencias de su patrimonio cultural lo constituyen el Museo Moderno de Arte Jesús Soto, el Museo de Ciudad Bolívar y el Ecomuseo.
Ciudad Bolívar se encuentra a una distancia de 591 km de Caracas, a 296 km de Barcelona, a 1.126 km de Maracaibo, a 804 km de Barquisimeto y a 1.065 km de Mérida; tiene accesos por carretera desde El Tigre (estado Monagas) y Ciudad Guayana y por vía aérea hacia el Aeropuerto Ciudad Bolívar
Los círculos del sol y la serpiente
“Sólo nuestra palabra / nos vuelve la realidad”. Roberto Juarroz.
“Tal vez sea hoy / La fulguración de los sentidos: / Ver al Borracho –Tiempo tiempo ido- / Mancillando los nombres de la ciudad / Dibujando con tiza / El rostro de calles y casas / Pintarrajeando en las paredes / Constelaciones apagadas / Echando negro humo y escoria /Sobre las maravillas del azar / Triturando con piedra de macerar diamelas / Huesos de pájaro / de tigre / y de pez / El Tiempo caminando sobre los malecones...” Luís García Morales De un sol a otro, (1997)
Luis García Morales es uno de esos poetas demiurgos que nos reconcilian con la Palabra, que nos devuelven la fe en lo sagrado. Su poesía, siempre intensa y reveladora, tan resplandeciente, nos reúne en el ámbito de lo trascendente: en el espacio-útero (el río) donde alcanzamos la iluminación interior y nos encontramos, otra vez, con aquello que se ha desvanecido, con lo que creíamos muerto: el Paraíso. El Poeta, dotado por la Divinidad con el don de la magia, hace de nuestro lenguaje cotidiano un milagroso desplazamiento verbal que ilumina las aguas de la memoria. Logra, a través de la metáfora, que exista nuevamente para nosotros el pasado, que sea otra vez experiencia, presencia del “ahora” y resurrección de las voces y horas que se fueron.
Su voz, deslumbrante como luz de otro sol imaginado, funda en la escritura un territorio maravilloso, un paisaje del río Orinoco, dominado por los dioses perennes de la naturaleza. Círculos tras círculos, como remolinos del fluir de la vida, vamos percibiendo el movimiento rítmico de la eternidad que Plotino trató en la Enéada. Imagen tras imagen, como ondas que se van sucediendo, las palabras van reiterando, ad infinitum, la presencia del instante creador que signa todas nuestras acciones y las traslada inevitablemente hacia el olvido.
El tiempo percibido en la poesía de Luis García Morales es el dios que devora todo lo que existe para nosotros. Es la experiencia del despojo. Es lo efímero rehaciendo el sentido de la realidad. Es el “mismo instante del sacrificio y el aleluya”.
Por eso, leer los poemas de su libro “De un sol a otro” es reencontrarse con ese río Orinoco siempre que el poeta lleva por dentro como una imagen que lo constituye; es volver a mirar con otros ojos esa ciudad (la vieja Angostura) que lo sigue, sin tregua, por todos los caminos. Un río, una ciudad que permanecen en la memoria como presencias sagradas. Un río, una ciudad que evocan, tal vez, a otra ciudad y a otro río que acontecen “sobre las maravillas del azar”, y donde en otro tiempo perdido para siempre “...un niño absorto/ Mira pasar un río que lo mira/ Un río que le habla / El animal cubierto de espejos sonoros”.
Navegaciones y regresos
PRIMERA NAVEGACIÓN
Cuando se ve el río, ese cuerpo que parece lámina metálica dotada de la vida del animal, es posible creer que él es cosa uniforme y homogénea. Hecha solamente del poder corporizado de las agua que provienen del cielo, de la tierra y de todas partes, como se dice que es la sustancia de toda Divinidad. Pero no es así: el agua está hecha en verdad de trillones y trillones de minúsculas partículas. Más allá de la fórmula que consagra la ciencia, hay múltiples partículas navegando en la composición dialéctica que hizo la alquimia del Creador. Navegan allí organismos vivientes, extraños al ojo de los humanos mas sin embargo aposentados de su brevedad y su esencia. Navegan los restos de todas las muertes. Los desechos y los deshechos que vomita cada día la existencia. Y navega también el polvo, esa condenación a que nos convoca la religión bajo el recuerdo de la muerte. Hay un polvo )sepia, ocre, rojo quizá? que navega en el río.
Ana María Boileau
Desde lejos se escucha la sirena. Voz profunda de la gabarra que va y viene desde Los Pijiguaos. A veces, sobre el planchón se ven los rojos promontorios de la bauxita. Otras, en el vientre metálico viaja la gasolina que, por el Apure, o por brazo del Casiquiare, llegará a Colombia. Cada vez que pasa la gabarra, todo se detiene en la ciudad. La miramos pasar con nostalgia. No solamente de puertos distintos, sino también de tiempos distintos. La gabarra va dejando una estela. Su bandera ondea como en un dibujo infantil. ¿Quién es el gobernante de esa ruta? ¿Cómo es el nombre del que navega?
En Barrancas llegué a ver un navegante del río. Uno de esos seres legendarios, descendiendo de un remolcador, perdiendo de alguna manera su condición mágica al volverse terrestre. Imposibilitado de caminar con garbo, como el albatros de Baudelaire.. Aquí mismo, en plena Angostura, me tocó viajar con otro, a quien llaman El Caimán del Orinoco, capitán de una de esas barcazas multicolores que algunos llaman falcas. El hombre condujo hacia el este. Su escueta tripulación era un muchacho despierto: su hijo. La proa se adentró hacia el espacio donde el río choca violentamente contra los pilares del puente, y aún más allá, para que él pudiera mostrarnos a nosotros, los visitantes, el hogar de sus toninas preferidas (Patricia se llamaba una de ellas). Era como un anfitrión feliz que muestra su casa. Recuerdo de ese viaje un peñasco negro y abrillantado por el sol, con signos grabados en lo alto. Recuerdo los helechos colgando de sus aberturas y deslizando sus preciosas hojas de encaje verde hacia el resplandor solar del agua. Recuerdo la familiar visión del animal broncíneo. Palpitando bajo nosotros. Rodeándonos. Acechándonos. Fascinándonos. Mareándonos. El Río, el Río.
El Río es un universo. En él habitan millares de criaturas de variados tamaños y con diversísimas existencias. Todas se mantienen en cruel equilibrio. Nadie duda de que parte de ese equilibrio lo establece la Serpiente que se oculta bajo la Piedra del Medio, en el área de la angostura. Algunos dicen haberla visto. En sueños o en verdad, irguiéndose al amanecer desde el cuerpo del agua, sobre todo en la estación seca. En los patios se asegura que si la Serpiente lo quisiera, derribaría con las sacudidas de su cuerpo toda Ciudad Bolívar, comenzando por la Catedral. Dicen que la Serpiente es una especie de encanto o inteligencia acuática cuyos deseos son órdenes para aquellos que los pueden percibir. La gente acepta con naturalidad estos cánones. Cada tiempo de creciente, cada Agosto, se ve como normal que mueran algunos, reclamados por la atracción: por el vaho cegador de la Serpiente (¿y si la Serpiente fuera el Río?).
Menos normal fue el hecho trágico transcurrido en los días del inicio del año: dos niños, seducidos por la frescura del agua, fueron alejándose de la orilla y halados por uno de los remolinos. Hay en el Río regiones oscuras y fangosas llamadas pailas. Los remolinos crecen sobre ellas, se enroscan, se sueltan, languidecen. Como en un juego, como una máquina de juegos en Las Vegas, una de esas luminosas, parpadeantes y riesgosas máquinas, los remolinos juegan en la piel del río, abriendo las pailas para los encantados. Cuando los adultos que estaban con los niños en un plácido reposo festejante se dieron cuenta del peligro, fueron a auxiliarlos. Uno a uno fueron tragados. No hubo nada que hacer. Cinco miembros de una familia fueron atraídos, sacrificados y jamás devueltos por el agua de oro. La gente comentó el suceso en los autobuses, en las plazas del mercado y en las esquinas. Hubo un escalofrío de piedad. Pero, sobre todo, hubo un unánime sentimiento de resignación, y también una unánime condena para aquellos que retaron el agua fluvial sin tomar en cuenta las consecuencias de sus actos. Porque convivir con un Río como el Orinoco implica una responsabilidad, una cruel y total dependencia vida-muerte.
SEGUNDA NAVEGACIÓN
Tal vez busques entre las aguas que fluyen hacia las piedras del destino
tu última hora, tu última imagen en el espejo de Heráclito.
Pero sólo te verás como un reflejo disolviéndose
en el cabrilleo del río. Sobre las olas que
cabriolan el alma, brilla la luz trémula.
Federico Alfredo Castellano: La piedra del Río
Son las seis de la tarde. Una muy ligera neblina gris se eleva desde el Río. Las nubes, tocadas por el resplandor del ocaso, tienen un breve ribete ígneo. El Río, el Río. Cae sobre su cuerpo de agua la densa luz solar agonizante. Ya la noche penetra, viene penetrando desde el Este y se asoman las estrellas. Un anciano se sienta recostado contra la baranda. No hay nadie más. Surge una profunda intimidad entre los seres y las cosas, todos hundidos en la misma atmósfera fluvial. Como los millares de seres que pueblan el animal de oro que corre allá abajo, rumoreando contra el malecón, también nosotros estamos allí, soñamos, vivimos allí. Allí estamos muriendo.
Hay un rumor de fantasmas a mi derecha, en los corredores del antiguo Puerto de los Blohm: habrá llegado una balandra, o una goleta, y se estarán arremolinando los que gozan de verla atracar y descargar. El olor es vivo y en oleadas. A esta hora de la tarde, cuando las penumbras comienzan a asentarse, sólo bajarán la tripulación y los pasajeros. Mañana bajarán las mercancías y, si queda tiempo, cargarán de una vez las bodegas con la carga preciosa que se han de llevar. Los marineros descienden y se refugian del calor húmedo en La Tigra o el Canaima, donde mujeres de olores fuertes hacen los honores. La gente comenta, indaga por cartas o noticias de allende el mar. Hay mensajeros de las damas que escudriñan el puerto con largavistas desde las celosías de romanilla, en las casas de allá arriba, las sagradas casas de Angostura La Vieja. Los mensajeros buscan esquelas, o quizá paquetes de libros y revistas, ansiosamente esperados. Dentro de un rato, la animación del puerto se apagará lentamente y sólo quedarán los paseantes que discurren de sus cosas a lo largo de la Alameda. Fantasmas. La noche ha cerrado su perfume sobre la ciudad y nada resiste ya de la hoguera crepuscular. El anciano aún piensa, solitario. El Río, el Río. Estamos solos.
Encuentro un manuscrito de Ángel L. Pinto R. Dice Especial para El Expreso, y está fechado el 26 de Julio de 1979, pero estaba en los archivos del poeta José Eugenio Sánchez Negrón. El manuscrito ha llegado a este escritorio por los buenos oficios de Lourdes Maestracci, quien lo encontró en un escritorio de la Dirección de Cultura. El Poeta ha muerto hace años y, como si las manos de Maestracci se transformaran en una botella navegante del océano, el texto del ciudadano Pinto, de rostro y profesión desconocidos, sirve para ilustrar el tiempo aquél cuando Angostura era un puerto famoso.
Según los antecedentes históricos del trabajo citado, las primeras concesiones de navegación fueron otorgadas por el Congreso de Colombia en 1823 (pero antes, ya se sabe, el Orinoco era la principal vía de comunicación: la que usaban los misioneros, los criadores de ganado, los buscadores del Paraíso, los aventureros, los ambiciosos, los alucinados y los fugitivos: don Manuel de Centurión ya imaginó el curso atravesado de ricos buques de esplendoroso velamen y hombres como Berrío, Humboldt y Walter Raleigh entendieron y apreciaron el valor de esa corriente: hasta la muerte estuvieron dispuestos a seguirla: hasta la entrega de la estirpe). Esas concesiones representan un esfuerzo del gobierno republicano por dar cierta continuidad y solidez a una serie de aconteceres económicos que, a pesar de la Guerra de Independencia, habían sido poco afectados y representaban una fuente estratégica de riquezas. Las concesiones fueron otorgadas a los empresarios Hamilton, Elbers y Suckley. Con una flota pequeña de bergantines goletas, se cumple un tráfico activo por todo el Orinoco navegable y hasta Trinidad. Nombres como Caicara, San Fernando de Atabapo, Cabruta, Soledad, Yaya, Guayana, Las Misiones, Los Barrancos, San Rafael del Delta y Tucupita, eran frecuentemente mencionados y sabidos. A partir de 1843, las entradas y salidas de los buques se hacen más numerosa: el Río es el camino del oro: el camino del Dorado: sus fuentes son metáfora del Paraíso. Es entonces cuando comienzan a atracar en las orillas de Angostura los famosos vapores de chapaleta que tanto se admiran en las fotos de Rojas. Baste para imaginarse aquellos días el reporte de una semana de movimiento en el puerto de la Aduana de Angostura: en la última semana de Diciembre de 1843, se produjeron las siguientes entradas y salidas.
Entradas: Bergantín goleta EMILIA (nacional), procedente de Trinidad, cargado de lastre y con un solo pasajero.
Bergantín goleta CARLOS (nacional), procedente de New York, cargado de lastre y sin pasajeros.
Goleta ZOYLA (nacional), procedente de Martinica, cargada con 103 toneladas de lastre.
Bergantín goleta ATREVIDO (nacional) procedente de Barbados, cargado con 121 toneladas de lastre.
Balandra ROSARITO (nacional), procedente de Trinidad, cargado de lastre.
Goleta JOVEN ATANASIA (nacional) procedente de St. Thomas, cargada con 98 toneladas de mercancías.
Bergantín ANNE EMILIE (bremés) procedente de Liverpool cargado con 230 toneladas de diversas mercancías.
Salidas: Balandra LIBERTAD I (nacional) con destino a Trinidad, cargado con 23 mulas, sin pasajeros.
Balandra ROSARITO (nacional), con destino a Trinidad, cargada de lastre y una familia de pasajeros.
Bergantín ESTERY SOPHIE (alemán), con destino a Hamburgo, cargado de frutos cosechados en la Provincia.
Bergantín goleta ORIÓN (nacional) con destino a St. Thomas, cargado con 57 reses en el puerto de Soledad.
Una goleta es una embarcación fina, de bordas poco elevadas, con dos palos, y a veces tres, y un cangrejo en cada uno. Bodegas amplias. Intenso velamen. Un bergantín es buque de dos palos y vela cuadra o redonda. El bergantín goleta es aquél que usa aparejo de goleta en el palo mayor. Todas naves elegantes, gráciles, ligeras, pero útiles para llevar cargas. Uno se imagina la profusión de velas en el río. Barcos de banderas lejanas, órdenes en lenguas tan variadas como las banderas. Mercancías llenas de olores distantísimos. Las curiaras y las falcas debían maniobrar hábilmente en el tráfico fluvial. Los vapores de chapaleta, que fungían también de paquebotes, se internaban con vigorosas estelas rumbo hacia el oeste y el sudoeste.
Toda la ciudad de Angostura miraba íntegra hacia su puerto: aún hoy eso se nota en la agonizante arquitectura de los corredores del Paseo Orinoco: cómo se abrían los corredores, amplios para el tránsito de la gente y para la acomodación de los bultos, cómo los balcones, sombreados con preciosas romanillas de madera, se extendían hacia el río, cómo los sótanos de la Casa Blohm, la Casa Liccioni o la Casa de las Doce Ventanas, eran también embarcaderos eventuales en tiempo de creciente. La noticia tomada del texto de Pinto es de Diciembre, tiempo de agua baja y de sequía. ¿Cómo sería la circulación en Agosto, cuando la Piedra del Medio pareciera a punto de desaparecer bajo el caudal?
TERCERA NAVEGACIÓN
El puerto ahora está en silencio. En la otrora Aduana funciona un puesto de la Naval. Rescataron las instalaciones, que casi habían sucumbido al descuido y el olvido, y pusieron allí vida joven, un poco aislada del resto del mundo citadino: muchachos con el pelo muy corto, vestidos con el uniforme de los marineros de la República. Muchachos que izan y arrían la bandera con impecable puntualidad. Y sus oficiales de porte erguido y caminar seguro. La gente mira con desconfianza a esos capitanes de blancos uniformes y su tropa. La gente desconfía de su extrema pulcritud y su marcialidad. Son un cuerpo extraño donde antes había carnosidad vital, sensualidad. Ahora no. No hay más cuerpo allí.
De cualquier manera, quedan pocos que puedan documentar su desconfianza en la nostalgia y el recuerdo. La mayoría de la gente ha olvidado. No ha existido el respaldo de la oralidad, ese fenómeno que asegura la pervivencia de una cultura y da vigor a las raíces. Menos el de la escritura. En verdad, hasta finales de los años 60 llegaban aún los buques. La aduana funcionaba y los marinos mercantes, hombres de uniforme kaki, eran los heroicos defensores del romántico bastión de lo portuario. Había un barco donde funcionaba un bar, quizá se llamaba Apure, y allí se bailaba los fines de semana. Atracaba en el hoy pseudoembarcadero de las curiaras que viajan hacia y desde La Encaramada, bajando por la escalera del Mirador. Había otro bar, el Cyrnos, en el Paseo, donde se reunía la marinería. En ese bar, al que se accedía subiendo tres altos escalones y atravesando unas puertas batientes, había dos rockolas: una de ellas dedicada solamente a tangos, y, por supuesto, a Gardel.
Mientras se desgranan en el texto estas evocaciones, se toma consciencia de esa sensación de escenario vacío, de obra desmontada, que se tiene frente al animal de oro. Falcas y curiaras y la gabarra de Los Pijiguaos son los únicos barcos que hoy pasan frente a Angostura. Al puerto de San Félix llegan ahora los barcos de gran calado y con banderas distintas, tan distintas como las lenguas de los capitanes y las tripulaciones. Y quizá no existe ya el aura romántica. El Río, entretanto, pasa altivo. Él permanece.
Ante ese Río todo es siempre un intento de entender. Un ejercicio hermenéutico. Se vive en sus riberas con una sensación de perenne metafluvialidad. Es posible escribir algo como esto: La inundación duró tantos siglos que aún la atmósfera guarda la memoria del agua. Uno escucha el rumor secreto en la brisa. Uno siente la corriente pasando entre los miembros del cuerpo, sobre todo en los días esos en los que sopla el barinés. Si uno se acerca a la roca, puede escuchar una resonancia en diálogo: son la memoria del aire y la pétrea encontrándose. La roca es la que está ante la Piedra del Medio: una tan cuidadosamente señalada por las crecientes sucesivas. Hay en ella visibles rayas horizontales, bien trazadas y remarcadas en colores pertenecientes al ocre que se destacan sobre el fondo negro ígneo. Todo el conjunto es armonioso y apolíneo. Porque éste es un espacio donde predominan líneas rectas y sencillez de la forma. Un espacio que no desea violentar la ardua luz solar, el abrumador peso de la humedad y los olores que provienen: del ancestro memorioso, del omnipresente Río y de la presentida selva (esos son los fundamentos de las estéticas que han ido surgiendo en esta parte del mundo). Éste es un espacio que asume totalmente la fuerza exterior que le dio vida y circunstancia. La huella en la piedra es cicatriz. Paradójicamente, es también testimonio de su capacidad de sobrevivencia. La ciudad se hizo sobre rocas similares. Por lo tanto, la ciudad íntegra es recordatorio de lo que el hombre es capaz de hacer: sus peores y sus mejores actos. Es una expectativa sin dejar de ser un pasado remoto y remoto y más remoto. Y es la eterna potencialidad de la catástrofe y la muerte. La advertencia de que todo lo que tenemos ha sido dado en préstamo por una Divinidad cuya correspondencia cercana es fluvial. Y algún día esa Divinidad solicitará la absoluta devolución de cuanto nos diera y, además, con creces solicitará todas las ganancias que le corresponden de su inversión.
CUARTA NAVEGACIÓN
Las riberas del Orinoco conservan el triste recuerdo de la aventura humana, de la llegada y la partida, de la expedición desenfrenada.
Del folleto Orinoco, textos por Héctor Bujanda y Luis Alvis
El progreso ha traído como consecuencia que la gente de la ciudad diera la espalda al Río. Antes, él era el escenario donde toda acción tenía su puesta en escena. Los habitantes de sus refugios portuarios, llamáranse esos como se llamaran y estuvieran ubicados en cualquier espacio ribereño, eran afortunados, privilegiados, espectadores de magníficos shows , mejores aún que los que se representaban en los escenarios de las grandes ciudades. Ahora, motores humeantes. La fila del tráfico citadino inunda el Paseo. Los autobuses del transporte público viajan con disc music a todo volumen. La compacta percusión de los bajos altera los nervios doloridos de ciertos pasajeros sensibles. Los compradores de oro susurran cantilenas al paso de cada transeúnte.
Las casas antiguas están ocupadas por oficinas públicas donde la burocracia crece como un hongo. Fingimiento. Es incontrolable la invasión de las alimañas en las ruinas. Muerte: el Río se ha transformado en el receptor de las aguas pútridas, en el desván donde se ocultan las miserias. ¿Quién quiere, quién puede, ahora mirarlo, pendiente de sus cosas: de la defensa contra todo y el cumplimiento de los puntos más bajos de la escala de Maslow?
Desde el vientre enfermo de la ciudad, miles de toneladas de basura son lanzadas a las riberas del Río. Dicen que los que las lanzan allí son invasores foráneos: buhoneros que han arrastrado su camión de baratijas a lo largo de caminos y poblados de toda naturaleza. Gente que recala eventualmente y se va y a quienes no les importa el Río. Nadie protesta. Nadie parece darse cuenta. Las autoridades de la ciudad, las de la Cuenca toda, discuten y negocian para repartirse las cuotillas de poder, beben cerveza helada en la carretera hacia el sur, comiendo carne asada con cachapa, sin saber nada de los fantasmas, de las nostalgias. Dan la espalda a la ribera, al basurero, pero también al precioso cuerpo de agua que traga siempre la luz, que siempre la devuelve. Quizá porque nadie piensa que el Río pueda algún día terminar.
Compacta (y dolorosa) percusión. Luego, está la Serpiente, cuya amenaza nunca ha acabado. Quizá los pescadores, los capitanes de las barcazas multicolores, las mujeres que aún van a lavar a las orillas, los indios que en él basan toda su existencia hayan sido los justos que han impedido que su enorme cuerpo se mueva, que ella se enrosque y eleve su cabeza, devastando con el líquido movimiento de sus vértebras el desastre en que se ha convertido no solamente la ciudad, sino casi cualquier enclave ubicado en las orillas desde el Delta hasta las fuentes. La búsqueda del Dorado ha llegado a extremos desenfrenados. Con la voz de garimpeiros se designa a casi toda plaga bípeda de apariencia humana que, en persecución del oro y del diamante, escarba y escarba, envenena lo que escarba y aun su propio alimento, entrega en manos de los funcionarios el peso en oro de la tierra que escarba: diez gramas por cada tonelada de destrucción, o algo semejante. Llega, escarba, destruye. A veces, se va. Otras, sus huesos quedan bajo la tierra escarbada, hito para que venga otro de su misma especie. Mientras tanto, los que verdaderamente se enriquecen son aquellos que están en oficinas dotadas de climatización artificial, o en la cubierta de yates soleados, dirigiendo sus transacciones millonarias por la Red, con una microcomputadora portátil de altísima resolución. El Orinoco es para ellos un nombre escueto al lado de las cifras. El Río, el Río.
En la búsqueda de la quimera
I
El Orinoco siempre ha sido motivo principal de inspiración de los poetas y juglares guayaneses, quienes han visto en el padre de los ríos venezolanos el símbolo de la permanencia, de la poesía y la fugacidad. El río que se va, pero siempre está allí, fluviante y serpenteante, pasando por debajo del puente, ha ejercido mucha influencia en la sensibilidad de quienes nacieron en los territorios del río, llegaron o pasaron por Ciudad Bolívar o nacieron en sus orillas.
Los conquistadores españoles le cantaron con entusiasmo. Durante los tiempos de la Colonia, cuando la ciudad se llamaba Angostura , el mismo río2 fue la llamada a entrar en el secreto de su presencia, a entrar en él, una y dos veces y muchas veces como en una sentencia que siempre está abierta. La enseñanza del río ha quedado como un diálogo en las páginas de quienes tuvieron la dicha de acercarse a su fluir permanente con los ojos de la poesía.
Para el poeta Luis Alberto Crespo, los que llegaron a ver el Orinoco buscaban el resplandor áureo o la oculta riqueza de una ciudad vestida en oro, cuyo escenario pronto se convirtió en selva. Lo metafórico descubrió sus velos y también sus encantos. La imagen de la Arcadia ancestral fue la fuerza que impulsó al hombre a la errancia en ese inmenso boscaje llamado América. Atraídos por el magnetismo de los minerales, llegaron españoles y franceses a las selvas del Orinoco “para fundirse con el paisaje orinoquense”. Deslumbrados los expedicionarios se internaron en los confines de las aguas para hallar el resplandor áureo del oro.
Entre el ensimismado Colón y su silenciosa bitácora hubo una atracción por descubrir los secretos de ese río que rugía en su cercanía con el mar. ¿Qué lazo unía al navegante con el infinito Orinoco, que se hallaba detrás del horizonte? La historia, que ha sido escrita por los vencedores, nos trae la noticia –preparada, por supuesto- que Colón llegó a estas tierras de gracia buscando el oriente por el poniente, en procura de nuevas rutas y especies. Pronto se dio cuenta que o había llegado a las Indias, sino a un enigmático territorio virgen que se parecía al Edén soñado por los cristianos. Apenas probó el agua del Orinoco en el golfo de Paria supo que estaba en la comarca del Paraíso bíblico. Entonces decidió cambiar la búsqueda de la canela y la pimienta por la del oro, que suponía abundante en aquellos parajes surcados por grandes ríos, en cuyos cauces brillaban los más ansiados tesoros. En los ojos alucinados de los conquistadores las pepitas de oro eran imágenes por demás irresistibles, como para no quedarse e internarse en la selva tras la huella de a quimera dorada: La ciudad de oro, donde “sus reyes se empolvaban de oro o se duchaban en una laguna de arenas áureas, a pocos pasos de las casas y los palacios salvajes de una ciudad llamada Manoa”.
Sobre tumbas de una ciudad sin héroes
Cien años después de la última reconstrucción de la nueva ciudad -la antigua Angostura muchas veces rehecha y mudada que volvió a llamarse, no como antes se llamara desde 1595, sino después de la última mudanza que se hiciera en 1764 - no quedaba de su pasado más que un viejo cementerio que servía de guarida a los perros callejeros, mendigos, delincuentes, drogadictos y violadores de oficio. Para ciertos historiadores, paleontólogos y paleógrafos, este sitio casi nunca visitado, debió haber sido declarado desde hace mucho tiempo monumento histórico, como una medida para resguardarlo tanto de los profanadores de tumbas como de los moradores aledaños que tenían la bárbara costumbre de tirar basura, desperdicios y otras porquerías en el único lugar que no había sido invadido por las hordas epigástricas y epilépticas de la democracia plebeya. Ya era muy tarde. Esas tumbas casi hundidas, llenas de basura, muchas con sus cruces torcidas y ángeles amarillentos, algunos descabezados, eran las únicas imágenes que aún quedaban del pasado de unos pobladores que mostraban mucho apego a las paradojas.
Cien años después de lo que sin duda no sería la última reconstrucción, algunos de esos nombres inscritos en las desgastadas losas de la muerte seguían siendo referencias en la ciudad, aunque muchos se preguntaban el por qué con ellos se habían bautizados plazas, calles, urbanizaciones, barrios, parques, arboledas y redomas. Se les nombraba sin saber que cosa importante habían hecho para merecer la inmortalidad que ofrece -no gratuitamente- la historia de la oficialidad pueblerina. El profesor, después de haber regresado del único lugar donde se sentía a gusto con el olvido -ese silencio oloroso a muerto- buscó en los anaqueles del conocimiento La Historia y Crónicas de los pueblos mitológicos, escrito por el Cronista de la Ciudad, y se enteró del año de fundación del Cementerio Municipal de Angostura, también muchas veces reconstruido según el gusto oficial.
Después de haber visto la imagen de la muerte desde el jardín de la infancia, el profesor pensó lo que dirían sus alumnos después de su deceso. Imaginó la escena en el lugar de los callados. Volvió otra vez a la realidad, abrió los ojos y se adaptó de nuevo a las circunstancias. Con pasos firmes se acercó con sus discípulos al encuentro de lo desconocido.
Moncho Ray: el pintor de las bailarinas
El pintor de las bailarinas, que después de haber vivido y recorrido toda París, ha muerto en Ciudad Bolívar, la vieja Angostura de ayer. Ya no volverá a pasar por esa calle por donde anduvo sin darle mucha importancia a las miserias del este mundo, que muchas son, con más penas que glorias. Varias veces coincidimos en la misma panadería donde acostubraba tomar café, cerca del destartalado taller donde ahora paso la mayor parte de mis horas, compartiendo mi tiempo con quienes hacen arte con las uñas. En ocasiones nos deteníamos para hablar de lo humano y lo divino. Ahora para él otro mundo se abrió como por arte de magia. La muerte le llegó sorpresiva, sin darle aviso. (Así es ella: llega como una sombra y a veces cuando uno menos la espera).
Cuando murió (literalmente de hambre y desamparado de la protección de los gobernantes, más no de los amigos) el pintor José Martínez Barrio, comentamos su muerte y precisamente hablamos de esa fatalidad que pesa sobre todos nosotros, tan mortales. Platicamos en torno a muchas cosas que podrían venir al caso, sobre todo cuando caemos en cuenta que también Moncho Ray vivió como lo que era: un artista que sobrevivía en una ciudad que poco le da importancia al Arte. También él fue echado a un lado por los provincianos gerentes culturales, tan apegados a esa rancia mediocridad que por aquí echa su oscura sombra y se acomoda al son que le tocan los indiferentes mandarines, tan preocupados en la honestidad que olvidan el espíritu de la honestidad.
Los libros enloquecieron al Quijote de Angostura
"Me parece que al hacer el Elogio de la Locura,
no estaba loco por completo".
Carta a Tomás Moro. Erasmo
Alonso Quijano, aquel ingenioso hidalgo, hombre de unos cincuenta años, seco de carnes, enjuto de rostro y según muchos el más delicado entendimiento que había en toda La Mancha, perdió la razón por el consumo desmedido de libros de caballería. El Quijote se la pasaba hasta dos días con sus noches leyendo ininterrumpidamente esas historias, decían su sobrina y su ama de llaves. Para solucionar el problema las atribuladas damas llamaron al cura Pedro Pérez y al maese Nicolás, barbero del barrio para que, antorcha en mano, las ayudaran a quemar a los responsables del desvarío.
El único libro que se salvó de aquel infierno, fue Historia del famoso caballero Tirante el Blanco, por ser, según el purpurado, el mejor del mundo en su género. Hasta los de poesía terminaron en las brazas, pues "hacerse poeta era una enfermedad incurable y pegadiza".
Ahora, por las calles de la vieja Angostura, por donde transitan tantos quijotes y sanchos panza, casi desvariando por los ataques del hambre que es canija y tiene cara de perro, anda el poeta y librero Pedro Ostty, anunciándole a todo el que necesita creer en la salvación de la cultura, que él, el mismísimo espanto de la libertad, es el director de esa fulana cultura que otrora fue más bien parece un botija desfondada.
Insistencia (y resistencia)
Afuera llueve. Son las 5 de la tarde y el sol parece pelear con la lluvia. Grandes gotas, como ojos de diamantes, chocan contra la calle. Tenía tiempo que no observaba ese espectáculo. Recostado a la ventana veo correr las aguas sucias como serpientes. El sol, a pesar del tiempo, está allí, insistente, cayendo, pero rojo como dragón enfurecido. Me acerco más al vacío: ¿es esta sensación la que siente un suicida en el momento de tomar la decisión definitiva?
Intento ver la entraña de una gota. Creo descubrir ángeles apenas entrevistos, reflejos angélicos cruzándose velozmente, follajes solares moviéndose en el infinito, soles que viajan a través de la noche, altares donde la luz nunca se ha dicho; alas fulgurantes como destellos que parecen buscar el final del túnel donde todo es más claro y transparente. Todo eso que brilla ante mis ojos en esa gota de agua atravesada por un rayo.
Vuelvo otra vez al relato que se va prolongando, palabra por palabra, tejiéndose como un tapiz.
Domingo
Uno insiste. Intenta una y otra vez la misma historia, se levanta ya repuesto y continúa la carrera de siempre hacia la incertidumbre. De pie recapitula, se acomoda nuevamente a la vida, se pone en algo, en sintonía con el ritmo del mundo, abre la ventana para que entre aire y la luz y casi encorvado en el cuarto trasero de las reses que serán sacrificadas vuelve a sentirse optimista. Más tarde la cara de optimista desaparece y volvemos a caer en la misma depresión de ayer. ¿Qué nos queda? Volver a insistir, levantarse y seguir. Somos guerreros de la incertidumbre.
La Religión de los Kari’ña
Hay muy pocos estudios culturales o teológicos que nos permitan acercarnos con propiedad a lo que es la religión de los Kari’ña. El más difundido es el de Marc de Civrieux, publicado hace más de treinta años. Por lo demás, y aunque la acción misionera de los franciscanos observantes (orden que tuvo a su cargo la conversión al cristianismo de gran parte de la nación kari’ña) no fue acentuada, coherente o sólida, el sincretismo religioso se ha venido imponiendo, mezclando los usos, costumbres y rituales del catolicismo. Últimamente, además, en ciertas comunidades se han implantado núcleos de iglesias cristianos-no católicas, que ejercen con nutridos feligreses, pero son desconocidos los sincretismos que pueden haberse producido a partir de esta otra implantación.
Lo cierto es que para el kari’ña, espontáneamente, todo el territorio que habita está lleno de significados religiosos. Si nos atenemos a lo que plantea Civrieu, además de las observaciones personales realizadas a lo largo de varios años de investigaciones acerca de la cultura Kari’ña, no se trata de un panteísmo en el estricto sentido de la palabra, sino de la consciencia de que la divinidad está en todas partes y que eso implica la necesidad de un respeto por el mundo que rodea al hombre.
Dentro de ese mundo, de ese territorio, hay, además, espacios definitivamente sagrados, entendiendo como tales espacios delimitados por la presencia de fuerzas mágicas, divinas, curativas o de potencia espiritual y que deben ser tratados y visitados con una carga adicional de enaltecimiento. En esos sitios, generalmente, se producen iniciaciones chamánicas, ciertas curaciones importantes o reuniones trascendentales para el destino de la nación o la comunidad indígena. Ejemplo de ellos son algunos morichales o los farallones de Chimire, en Anzoátegui.
En otro sentido, todo el territorio es compartido con los kari’ñas muertos, quienes viven una vida paralela, con cotidianidades parecidas a las de los vivos, en forma invisible, pero perceptible y, por ende, respetable dentro de los marcos de la convivencia con el espacio geográfico. Así, pues, podemos distinguir una vertiente religiosa dentro del ejercicio kari’ña y es su vinculación existencial con el paisaje que rodea al hombre colectivo e individual.
La otra vertiente de la religión kari´ña es la relación específica con ciertos vegetales sacralizados, tal vez porque en la memoria ancestral el moriche representa múltiples usos para la sobrevivencia. Otro vegetal que merece el respeto especial de los kari’ñas es el mastranto, no sólo por su multitudinaria presencia en la sabana (lo que indica una alta capacidad de resistencia a los cambios de clima y arbitrariedades del suelo) sino por su poder para alejar a las serpientes de cascabel y, en algunos casos, contrarrestar su veneno. De cualquier manera, un puidai (chamán kari’ña) conoce estrictamente las potencialidades de cada planta a su alrededor y las conoce desde diferentes puntos de vista: como metáfora de la sobrevivencia, como posesión que asegura la identidad del ser colectivo, como posibilidad de curar o de matar y como referencia individual.
Tradiciones: Akatoompo y Mare-Mare
Entre las comunidades que habitan la Mesa de Guanipa, en el estado Anzoátegui, quedan aún las señales de la etnia kariña, desciendientes directos de los caribes. Estas comunidades, aunque hoy en día se han incorporado a la cultura de la comunidad criolla, conservan entre sus tradiciones una fiesta conocida como el akatoompo que se celebra el 2 de noviembre, fecha destinada por la Iglesia Católica al recuerdo y a la oración por los muertos. Ese día la comunidad kariña celebra rituales en memoria de sus difuntos que, según los estudiosos, han ejercido una gran influencia en la manera como también las celebran otras poblaciones del oriente del país. Entre los kariña existe la creencia de que los difuntos desde el dos al tres de noviembre regresan a visitar a sus familiares, quienes les esperan y, para recibirlos, preparan reuniones en las cuales se mezclan música, cantos y bailes.
Los participantes, acompañados por cuatros y guitarras (originalmente se hacía con flautas de caña) danzan entrelazados por la cintura, con giros y movimientos hacia adelante y hacia atrás. Entonan cantos espontáneos en los que se evocan acontecimientos importantes en la vida de los difuntos y destacan su recuerdo dentro de la vida del grupo.
Pero la danza que mejor define la sobrevivencia cultural de los kariña, quienes también se encuentran en el estado Bolívar y Monagas, es el Mare-Mare, danza festiva que se suele ejecutar para celebrar la reunión de las familias, dar la bienvenida a visitantes o marcar el final del luto por un muerto. Generalmente el baile se acompaña con una música interpretada por tambor y maracas, a la que se le ha agregado el cuatro, acercando su ritmo al joropo. La coreografía, formada básicamente por dos filas de bailadores sugiere una serpiente que avanza y retrocede, en actitud amenazante para luego enrollarse y desenroIlarse. Esto no es gratuito, hay que recordar que la culebra tiene un significado especial para los kariña, quienes en su mitología se consideran originarios del hueso de la serpiente. Anzoátegui es su terruño.
Sobre ángeles y apariciones celestiales
Desde los tiempos más remotos, a la humanidad le han fascinado los ángeles, esos seres impresionantes y luminosos que planean como heraldos y guerreros entre Dios y el hombre. Los ángeles nos rodean y nos sobreviven: en el cine, en la radio, en la televisión, en la poesía, en los cómics, en la religión...Los teólogos les han dedicado su vida, los artistas plásticos su carrera como Lubok, Jan Van Eick, Hayley, Giotto, Hans Memlinc, Martin Schngauer, Giambono, Botticini, Rafael, Francesco Traini, Filippo Bunelleschi, Perugino, Doré, Jerónimo Bosch, Pieter Bruegel el Viejo, Frá Angélico, Benozzo Gozzoli, Leonardo da Vinci; los poetas le han consagrado su poesía como Isaías, Tundale, William Blake, John Milton, Rainer María Rilke, Hölderlin, Rafael Alberti, y psicólogos como C. Jung, se han esforzado en teorizar acerca de la fuerza y los matices que posee actualmente el arquetipo "ángel", no sólo bajo su forma tradicional y legendaria, sino también en su moderna apariencia de encarnaciones extraterrestres.
¿Qué o quiénes son los ángeles? ¿Son seres etéreos de luz sin sustancia, o criaturas dotadas de sólida forma humana y alas que le permiten volar de verdad? ¿Por qué resurge hoy la devoción popular por las huestes angélicas, que tuvo su apogeo en la Edad Media, ante de los apocalípticos horrores de la Peste Negra? ¿Alguien los ha visto alguna vez, aparte de las voces que escucharon Juana de Arco, Jesús, Mahoma, Gandhi y los apóstoles? ¿Se les puede considerar los supervivientes de civilizaciones perdidas o sencillamente la parte más mágica y espiritual de la creación? ¿Cuál es la realidad de esos seres andróginos que se erigen en los representantes luminosos de "Otro mundo", preocupados por la situación del hombre y del planeta que éste habita?
Los ángeles no son una invención de los judíos ni de la fe cristiana. Según las 11 Tablas de Arcilla de Sumeria, respaldadas por los posteriores texto hebraicos atribuidos a Enoc el Escriba, hace más de treinta y dos mil años que los ángeles, esos seres resplandecientes que aparecen en todas las civilizaciones como los formadores de la conciencia y del saber del hombre, ya sobrevolaban la tierra más atrás en el tiempo. De acuerdo a los estudiosos más apasionados y menos ortodoxos de la prehistoria, hay evidencias dejadas por el Neanderthal y el Homo Sapiens acerca de estos inquietantes seres que los sumerios llamaban "seres luminosos serpientes de un ojo y de dos ojos".
Para el arqueólogo Christian O'Brien existió en la antigüedad un grupo reducido de seres brillantes que emergieron de la nada y que influenciaron a nuestros ancestros de una forma tan profunda que aún hoy se mantienen en nuestro recuerdo, así como en nuestros mitos y leyendas, como ángeles. Estos seres fueron representados por los pobladores del Cercano y Medio Oriente, tanto en Persia, en Jericó, en el Valle del Indo, en Sumeria, Creta y en Egipto. En las paredes de las tumbas etruscas aparecen representadas imágenes de ángeles. De modo pues que los ángeles aparecen como civilizadores en las culturas egipcia, sumeria, babilonia, asiria, persa, griega, romana y hebraica. Y desde los tiempos más remotos hasta hoy, a la humanidad le han fascinado esos seres impresionantes y luminosos que según el Libro de Dzyan tibetano son los "artífices de la forma a partir de la no-forma".
Los trabajos y los días
Es débil la luz que ilumina los libros. Apenas comienza la vida. Se inician los trabajos y el día. Mis ojos, todavía encandilados por el amanecer, recorren los ámbitos que me son familiares. Allí están las imágenes de los que trascendieron los tiempos y las adversidades. No son solamente figuras. O retratos. Sus ideas siguen vivas, vigentes. Sus obras no fueron ni serán pasto del olvido. Allí está Pablo Neruda, sonriéndome, con esa dulzura terrestre de niño desamparado. Me acerco a sus poemas. Tomo el libro "Las Uvas y el Viento". Y otra vez escucho su voz, sus versos inmortales: "Tenéis que oírme":
Yo fui cantando errante
lo mejor de una tierra
y otra tierra
yo levanté en mi boca/ con mi canto:
la libertad del viento,
la paz entre las uvas.
Parecían los hombres
Enemigos,
pero la misma noche
los cubría
y era una sola claridad
la que los despertaba:
la claridad del mundo."
Después de la lectura de este poema, varios pensamientos se me vienen a la cabeza. Uno siempre quiere que lo oigan, aunque las palabras se las lleve el viento. O se queden olvidadas en el papel. Un poeta siempre es un errante. Vive como en el destierro, solitario, alejado de las modas y del mundanal ruido. Lejos de los mercaderes y de los mercenarios de la vida. Hay poetas, como siempre los ha habido, que han alcanzado el territorio más libre y primitivo del hombre: su corazón. Qué más quisiera uno que vivir por siempre al amparo de esa casa frágil que a veces se derrumba, o está sola, sombría. O desolada.
No encuentro cómo llegar al punto. Las ideas no quieren ordenarse. Me brotan incontenibles. No quieren diques. Son como pájaros que quieren alcanzar las ramas más altas. Las dejo volar, arriesgarse a los cielos de esa patria que buscan los hombres: la felicidad. O la inmortalidad de la ternura, del amor. "Cuando mi pensamiento va hacia ti, se perfuma;/ tu mirar es tan dulce, que se torna profundo../ El amor pasajero tiene el encanto breve,/ y ofrece un igual término para el gozo y la pena." Son versos de Rubén Darío, el Gran Poeta, el Maestro apasionado de la vida.
Un amigo pintor ha entrado a mi bunker. Escudriña entre los libros. Lee los periódicos de ayer. Me pregunta, pide café. Habla de la decadencia., de los tiempos que fueron. Habla de la pérdida de la ética, de los promotores sociales, de las ideas políticas; habla de la falsa amistad que profesan algunos. Me dice: cuidado con escribir mis confidencias! Me hago el loco y las escribo. Me vuelve a decir que no quiere comprometerse. Luego se arrepiente: "Escríbelo". Y suelta una gran carcajada que estremece el instante que nos acerca al fin de un tiempo y al comienzo de otro. Ojalá que el que venga no sea tan infame y tan conflictivo y desafortunado.
De los “Papeles de la casa vieja”
“Mi casa es una casa derruida". T.S. Eliot ("Geroncio")
Vuelvo a la casa donde crecí, frente a una iglesia por donde todos los días entraban y salían los muertos, y sólo encuentro musgos en las paredes, sombras que guardan tras las puertas. Veo un jardín que se quedó sin flores, con muchas hierbas y saltamontes. Vuelvo a casa, donde envejeció y murió mi abuela paterna, y sólo la muerte entreteje telarañas en los rincones. Vuelvo a casa y sólo salen a recibirme los ecos de los que se fueron a esa otra tierra a donde yo también iré cuando muera. Las voces de los míos se pierden en la soledad de allá.
Al verme, mi padre, que es poeta sin haber escrito nunca un verso, me dice: “Iré contigo por el camino en silencio. Un remolino leve se agitará tras nuestros pasos y los borrará. Unas aves amarillas como mariposas seguirán nuestras huellas. Y unos ojos entre sombras grises, nos mirarán partir. Ese día habrá sol y flores abiertas como el primer día en que el viento agitó la cabellera negra de tu madre, que Dios la tenga en su gloria”.
Mis padres, madre e hijo, envejecen en la oscuridad. Todas las tardes se sientan al final de la casa, en el patio cubierto, casi el uno junto al otro. Y desde allí todas las tardes miran la caída del Sol y sienten la llegada del anochecer. En ese oscuro lugar del caserón que durante mucho tiempo cobijó mis huesos, los encuentro cuando llego de viaje. Parecen esperar la muerte que viene en silencio como una sombra indetenible. Y mientras esperan, conversan entre recuerdos para no aburrirse de los tiempos pasados, de los amigos muertos, de los instantes vividos que se deshacen en la memoria y de los hijos que se fueron, algunos de los cuales no volvieron jamás. Tal vez estén en otras partes o quizás olvidaron el camino que todavía no ha cambiado a pesar del "progreso", que todo lo transforma. Mis padres están hoy uno junto al otro, como siempre lo han estado. Mi abuela-madre en momentos recuerda el pasado más cercano y sus ojos, tristes y distantes, se le llenan de lágrimas. Todos los suyos murieron; el último hermano juglar, con quien cantaba galerón y componía al contrapunteo décimas perfectas, recién murió después de los ochenta. Al recordar los muertos le habla a mi padre de cómo va pasando el tiempo envejeciéndolos. Mientras tanto, la brisa sacude con suavidad sus canas llenas de congojas y penas.
He vuelto, después de viajes y recorridos por los países lejanos, a la casa donde pasé mi adolescencia, y sólo veo a la huésped indeseable en la sombra. Mi casa ya tiene dueño: el pasado. “No regreses”, eso me dijo mi abuela la primera vez que me fui para no volver..
Aquí mi padre, el Panadero, envejece viendo crecer la hierba que crece y amenaza con invadir la tierra cultivada. Gris y encorvado, ya casi ciego y adivinando para no caer, mi padre no oye la brisa que sacude su cabellera blanca, parece que en sí mismo vaga.
Ya en el fondo, oigo pasos, voces que aúllan de penumbra. Entre telarañas de olvido me recuerdo. Y otra vez recuerdo lo días que viví en la casa paterna. Ahora contemplo la madera del techo que pudre el tiempo. A este caserón le llegaron los murciélagos como invasores negros. ¿Cuándo entrará el sol por la ventana rota?
Hoy los recuerdo mientras escriba esta crónica poética. Mi padre está conmigo bajo el árbol que me vio crecer. Mientras la noche transcurre, nosotros conversamos sobre lo vano: el tiempo.
Hay un olor de madera podrida en el aire. Un escalón le falta a la escalera pudriéndose. Hay también voces, risas y adioses repetidos que caen al vacío. ¿Será mi madre que mueve su cintura al ritmo de la pandereta? Es hora de ocaso. Más acá de la puerta vieja los ojos de mi nfancia descubren el brillo del poema.
La Odisea del hombre
El corazón del hombre ha conocido terribles calamidades. Desde el viejo Homero y su reflexión sobre los "hombres de un día" ningún pueblo ha meditado tanto como el griego acerca de la imposibilidad humana de ser feliz. El griego contempla la vida con mirada exenta de ilusión.
El gran tema de la miseria humana inspira a los coros trágicos sus quejas inolvidables. Los moralistas de Grecia son eco de sus poetas: "La tierra entera -dice Epicuro- vive en fatigas y para las fatigas es su mayor capacidad". El pesimismo, que no es sólo la tendencia a ver las cosas por el lado más desfavorable, es natural a todo ser fervorosamente entregado a la vida.
Hoy, al medir la distancia entre el término de mi aspiración y lo que de hecho he obtenido, me quedé silencioso, exánime. Cómo agoté las fuerzas en la inutilidad. Y ahora me queda la debilidad extrema, la visión pesimista de las cosas. Puede que el fin sea difícil de lograr y que el cumplimiento de los sueños exija un duro esfuerzo. Pero el esfuerzo que hasta ahora yo he puesto en mi empeño no ha sido tan grande ni se ha afirmado tanto en mi ser como este sentimiento de abandono. Pero soy libre, adéspotos. Y eso me hace feliz. (Ninguna libertad se logra sin renunciamientos).
Correr tras el viento
Correr tras el viento, como dijera Salomón, no sirve para nada. Todo acaba y todo comienza. Y aunque Groucho quiera correr y acabar de una buena vez, ¿cómo podría convencer a Chico que de nada vale ir más rápido si todos los caminos conducen al cementerio donde duerme y descansa la Muerte? (Primera duda: ¿no es la vida la que descansa de sí misma, plácidamente en los territorios quietos y conquistados de la Muerte?).
En verdad damos tantas vueltas de aquí para allá, de arriba para abajo que terminamos siempre en el mismo lugar: en el mismo punto de donde partimos. El movimiento es una ilusión como todas las cosas. Como la eternidad o la perfección. Creemos que nos movemos hacia un lugar lejano, pero estamos en el mismo sitio, colgando del vacío, del caos, del Cielo. "Todo se apoya en algo/ o cuelga de algo / Pero ¿dónde se apoya/ o de qué cuelga el centro? / Tal vez se apoye en su propia periferia/ y también cuelgue de ella.../El centro se apoya en un vacío / pero en verdad cuelga de otro..."). (Segunda duda: ¿cuelga el Ser de la nada o no cuelga de nada? (Tercera duda: ¿no será la nada la que cuelga del Ser?).
El alma del hombre cuelga del comienzo de las cosas, del principio. De la Noche de alas negras. Cuelga del Viento que lo lleva y trae, de la Oscuridad que es el Huevo Primordial. Somos hijos entonces de la Noche y del v iento, del Cielo, de la Tierra y del agua. Somos hijos de un bostezo vacío: de un huevo vaciado que durmió en el regazo gigantesco de la Oscuridad. Del Verbo brotó el Aburrimiento, que es hijo de Eros, el más amable de los dioses inmortales, que afloja las piernas y rige el ánimo de todos los dioses y hombres.
Sobreviviendo el siglo
Verano. El viento caluroso entra por la ventanilla del autobús. Despierto. El resplandor de la primera hora me encandila. Vuelvo a cerrar los ojos. Los abro nuevamente. Ahora sí: El alma sabe como soportar los cambios. Me acomodo, adopto la postura del vencedor: levanto la cabeza y miro por encima de los derrotados y caídos que viajan hacia la incertidumbre. Me veo el trasnocho en el espejo. ¿Qué hora es? ¿Cuántas horas han transcurridos desde que salí de Caracas? Veo el reloj. Son las 7 de la mañana, pero todavía algunos pasajeros duermen. La luz, terriblemente blanca, dispersa más allá de estos asientos, sus enigmas y esclarece las parábolas del extravagante que se acerca a la tierra de los alucinados, de los sobrevivientes que suspiran y aspiran por otra vida mejor desde la sobrevivencia.
"Sobrevivir no es difícil", señala el poeta mexicano David Huerta. Lo difícil es vivir, libre de ataduras, de convencionalismos, libre de todo, sin fanatismos ni amarguras. Vivir con optimismo. Pero nos hemos complicado la vida. Estamos enfermos. Enfermos de tristeza, de decepciones y pesimismo. La realidad que somos es patética, dramática. ,contrastante. Tiene muchas mascaras, apariencias. Para nosotros vale más el tener que el ser. Tenemos cosas. Poseemos cosas. Y somos reflejos de esas cosas. Aparentamos una felicidad que estamos lejos de sentir. Nos ilusionamos. ¿A quiénes engañamos?
“La felicidad hoy día, me dice Wallace Stevens, es una adquisición. La más alta búsqueda es la búsqueda de la felicidad en la tierra".
Vuelvo sobre mis pensamientos. Mi mundo está allí: se mueve conmigo, pasa ante mis ojos, deslumbrados. Veo el paisaje reseco. El sol sube como un guerrero, encolerizado. Dos campesinos, harapientos, cabizbajos, se desplazan por la orilla del camino asfaltado. Ya no se maravillan ante el paso del "progreso". Tampoco le temen a la muerte. En su andar pausado se ve el cansancio que dejan os días. Tantas fatigas y pérdidas debajo de su piel. Su dolor no es de este mundo.
El autobús, ruidoso, se acerca a la ciudad. A la engañosa ciudad de los falsos ídolos y profetas. Un tropel de hojas secas levanta vuelo. Huyen del incendio.
Hago memoria. 1969. El sol cae como un encantamiento. Me recuesto bajo la sombra curva de un chaparro. El follaje es áspero. Por entre las hojas pasan algunos hilos de luz. Miro el paisaje: una hilera de hormigas surge de la hierba parda, de color bronce. A un lado yace la piel de una cascabel. Vastos cielos, cándidos. El viento viene vestido de plumajes. Gime en la espesura, mueve las ramas, levanta la polvareda. Se detiene y duda en la orilla de los barrancos y salta con fuerza, majestuoso, rebasa el vacío, se precipita y sube con sus alas abierta. La brisa fresca me llega a los oídos, trayéndome los cantos de los pájaros azulejos, que vuelan todavía en este cielo todavía límpido.
Hago memoria de otras sequedades vividas y que ya pertenecen al reino del pasado. Me miro los pies. Estoy sentado en el suelo, casi desnudo. Una mosca zumba, gira sobre mí. Todo es rudeza. Los sueños se enredan en la cabeza. La hierba, verde, reluciente, brota, linda y lozana. Oigo cantar al cristofué, al azulejo, a la paraulata. Los árboles echan hojas y flores. La brisa me acaricia el rostro. Un ángel desciende, precipitado. Estoy en Jardín del Edén. El alma es inocente. Se deshace el día entre mis manos. El silencio se extiende. Oigo la voz del Mensajero: "Hay otro mundo en lo alto y fuera de éste. El camino hacia él está dentro de ti. Nueva estación. Los árboles florecen. La hojas, sobre ti, se abanican. Nada es tan hermoso como la creación de Dios. ¿Qué es toda esta alegría? Un acorde del dulce ser primordial de la tierra. Relámpagos. Pronto lloverá y el agua mojará la tierra. Antes que nuble, antes que el remonte, glorifica, andariego, al Creador por todas esas cosas. Por los cielos, por ti, firme a tus pies". Sus alas se plegan brillantes, en éxtasis. En un instante emprendió el vuelo a la altura. ¡Cómo giraba para luego lanzarse, oscilante! Cruzó los arcos celestials, abrió el gran viento y mi corazón escondido se agitó como ave. ¡Qué maestría, qué proeza, qué belleza! ¡Oh, aire, pluma orgullosa. He allí el prodigio, el puro afán que brilla como valor y acto, que engendra Aquél, cuya grandeza no conoce mudanza: Dios bermellón, Halcón, Aurora, Fuego Eterno que de los cielos brota. En este aire que respiro vive. Estas hierbas y estas aguas y estos árboles apaciguan mi espíritu. Venga hasta mí, con su legión de ángeles, que me eleve. Con El caminaré a gusto y nadie me derribará. Mi plumaje no conocerá el rigor de la tormenta púrpura de trueno bajo las alas.
Mi país se parece a Itabira
Recorro con mis ojos la orilla de una tierra calcinada. Yerma. Nadie habita ni siembra estos parajes. Sólo el monte, sólo la hierba crece. Y hay soledad. Algunos años viví más acá de esos pajonales que bailan con la brisa caliente. Nací en este lado del mundo. "Y por eso soy triste y orgulloso", me canta Carlos Drummond de Andrade. Trato de recordar el poema Confesión del Itabirano: "Tuve oro, tuve ganado, tuve haciendas./ Hoy soy un funcionario público./ Itabira es apenas una fotografía en la pared./ ¡Pero cómo me duele!".
Vivo en Venezuela, que a lo mejor se parece a Itabira. Diremos, tal vez, en el futuro: tuvimos oro, petróleo, hierro, ganado y muchas haciendas. Pero teníamos tantas riquezas que no nos importó que unos pocos se la llevaran y nos saquearon el país. Nos dividieron en pobres y ricos, en funcionarios públicos y buhoneros, en fanáticos y políticos, en corruptos y honestos, en pequeños comerciantes y grandes empresarios. Y casi todos vivimos a expensas del Presupuesto Nacional. Los obreros trabajan sin alegría y sin esperanza para una minoría de explotadores que tienen el Capital y todavía son los dueños del país. ¡Y cómo me duele!
De este país tal vez nos quede una fotografía en la pared.
En el pardo borde oriental
El calor del día me golpea el rostro. Despierto. Oigo los cantos de las chicharras. Un farallón permanece más allá de la alambrada que divide la tierra. Una flor, como una sonrisa iluminada, se balancea en la orilla arenosa. A lo lejos veo una franja verdosa. Es la vida surgiendo entre las cenizas como una promesa del paraíso prometido. Vuelvo a oír las chicharras y gritos de pájaros, que huyen despavoridos. ¿Quién los llorará?
Viendo este paisaje desolado, viene a mente el recuerdo de un poeta religioso que escribió casi en secreto durante el último período victoriano: Gerad Manley Hopkins. Una de las más intensas y originales voces de la poesía inglesa. Hopkins, cuya obra comenzó a conocerse a partir de 1918, presintió en carne viva la desintegración del mundo. Se anticipó a su tiempo. Violentó las convenciones y reveló en nuevas formas la permanencia esencial de la vida: "la visión de las cosas imparte sentido y el sentido afecta la visión. Y no es la excelencia de dos o más cosas en sí lo que constituye la belleza, sino aquellas dos cosas contempladas una a la luz de la otra", dice en un texto incluido en Poems and Prose. En 1866 se convirtió al catolicismo. Dos años después ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús. Tal decisión lo llevó a destruir gran parte de su poesía y decidió no escribir más "por no ser propio de mi profesión". Pero la muerte de cinco monjas franciscanas hizo que rompiera su silencio y juramento. Y escribió su primera y mayor obra maestra: The Wreck of the Deutschland (1876). En su exilio material, escribió el poema La grandeza de Dios:
El mundo está cargado de la grandeza de Dios.
Flamea de pronto, como relumbre de oropel sacudido.
Se congrega en magnitud, como el légamo de aceite aplastado
¿Por qué, pues, los hombre no acatan su vara?
Generaciones han ido pisando, pisando, pisando esta tierra.
Y todo lo seca el comercio; lo ofusca, lo ensucia el afán.
Y lleva la mancha del hombre y comparte del hombre el olor: el suelo.
Se halla desnudo, ni el pie, calzado, puede ya sentir.
Y con todo esto, natura nunca nunca se agota.
Vive en lo hondo de las cosas la frescura más amada.
Y aunque las últimas luces del negro occidente partieron,
oh, la mañana, en el pardo borde oriental, mana.
Pues el Espíritu Santo sobre el corvado mundo
cavila con cálido pecho y con vívidas alas.
Recorro los ámbitos grises. Siento como una soga apretándome el cuello. Me falta aire. Abro más la ventanilla y saco la cabeza. Respiro profundamente. Viento caliente con polvo. Olor a ceniza, a incendio, a hierbas quemándose. Viento del exilio, de la desolación, de la Tierra Baldía de Eliot. "¿Qué son las raíces que se arraigan, qué ramas crecen/ De entre estos escombros pétreos? Hijo del Hombre,/ No puedes decir, ni imaginar, porque sólo conoces/ Un montón de imágenes rotas, donde el sol palpita,/ Y el árbol muerto no abriga, el grillo no consuela,/ Y en la piedra reseca no hay murmullos de agua. Solamente/ Hay sombra bajo esta roja roca/ (Ven bajo la sombra de esta roca roja),/ Y te mostraré algo diferente/ De tu sombra que te sigue a zancadas por la mañana/ O de tu sombra que en la tarde surge hacia su encuentro./ Te monstraré el terror en un puño de polvo".
Es la visión fragmentada del mundo. Es el terror de saber que estamos destruyéndonos. Los depredadores que somos, los topos, vamos dejando a nuestro paso destructor las ruinas, la tierra estéril. Por donde pasamos no crecen ni siquiera las hierbas. Fragmentos, trozos, escombros, restos, cosas abandonadas, destruidas. árboles quemados, ríos secos, raíces calcinadas. "Un montón de imágenes rotas". Es lo que está quedando de esta catástrofe diaria, de esta devastación, de este gran naufragio que es nuestro planeta.
¿Y qué nos queda: acaso la lucha para recomponer, para reconstruir lo devastado, para ordenar el Caos, para salvar lo que se pueda de ese gran naufragio que es el planeta? Sí. Hay que luchar. Construir para el futuro. Reintegrar esas partes, esos fragmentos del espejo roto. Crear de nuevo el mundo, porque el puente se está cayendo, se está cayendo y estamos enfermos y hay que poner la hacienda en correcto orden, limpiar la casa y sumirnos después en el fuego que nos purificará. Nos dice el poeta que marcó un hito en la poesía universal.
En la Babel de los Devoradores
Tiendo la vista: un pájaro se detiene en una roca ruda. Su pico toca la hoguera de los tiempos por venir. Está cerca la estación lluviosa. Pronto el río crecerá. Y el polvo se aquietará. Lo que se agazapa en la maleza, saldrá. Ahora la oscuridad convoca a la tiniebla y la desgracia deja caer su guadaña y sus pestes en todas partes. Los adinerados del mundo conversan acerca de los próximos nubarrones, de las inundaciones. Se preparan para salvaguardar sus intereses. Planifican, se reúnen en la Babel de los Devoradores.
Mientras tanto, los miserables se precipitan a las calles. Protestan, queman cauchos, saquean propiedades, armados. Y hay moscas, gritos, muertos y muertos. Los heridos se desangran. (¿Señor, por qué me desamparas? ¿No fui yo acaso tu Hijo predilecto?) Las moscan zumban en mis oídos mientras el demoníaco fúnebre de la gente hace estallar la hora y devasta las ciudades. La áurea lengua del Angel los conmina a erigir la ciudad de mañana cerca del Sol, lejos de estas calles infernales, donde jamás alumbra. Aquí la luz es una espada que embiste y hay moscas y ayes en las calles. La tumba está abierta. Los gusanos devoran con placer los cadáveres putrefactos. Y caen todos los muros, las murallas. Y los que van adelante, gritan, eufóricos: Es la resurrección.
La visión me ciega los ojos. Un llanto de una mujer que viaja a mi lado me regresa al presente. Me despierta. El sol despunta. Abandono la postura del ensueño. El aire está caliente. La mujer sigue llorando. Evito verla para que no se apene. Echo el asiento hacia adelante. Vamos al sur. Un zamuro, como una nube negra, planea en el cielo, al oeste. Su sombra cae al suelo y se vuelve serpiente, se desliza, cautelosa. Estoy deslumbrado. Alucinado. Los pensamientos giran rápidamente en mi cabeza. Las palabras, como intoxicadas, quieren salir, tomar aire, ser aire. ¿Flores? ¿Abejas? ¿Semillas? Y giran las imágenes del horror. Veo muertos en todos lados. Aquí. Allá. "Todo lo que se mueve, canta", me dice el poeta Gary Snyder. "La raíces trabajan y no se ven. ¿Y tú? ¿vas a tientas por ahí? Todos sabemos adónde lleva la muerte. El camino es todo lo que pasa. No termina en sí. El final es gracia, sosiego, alivio, no redención".
La incisión en lo terreno, otra vez. La orilla desciende, abrupta, hasta la hora presente. El paisaje ya no constituye un todo y el horizonte, allá a lo lejos, está cubierto por el humo múltiple de la metamorfosis. Las cosas se han convertido en mesura nuestra. Y el ayer se escapa. Los soñadores aguardan, casi invisibles, para llevar hacia el este desconocido a los que se levantarán cuando suenen las trompetas.
La incisión atraviesa el tiempo. Y otra vez estoy aquí, sintiendo un resplandor en mis ojos llenos de visiones.